¿Recaudador o transformador?

Cada fin de año la Subsecretaría de Estado de Tributación intenta sorprendernos con algunas estadísticas de recaudación. A estar por la progresión de datos, deberíamos es­tar en el paraíso de la eficiencia recaudado­ra. Veamos. “SET aumentó recaudación en mayo y marca récord” (780AM, 6 de junio de 2016); “Tributación rompe récord de nivel de recaudación en toda su historia” (LN, 25 de noviembre de 2016); “Sistema tributario logró récord de recaudación impositiva en el 2016” (IP, 23 de febrero de 2017); “Tribu­tación habla de incremento del 9,7% en la recaudación” (Ñandutí, 2 de noviembre de 2017). Titulares como estos aparecen a me­nudo en los medios masivos y parecen invi­tar a una celebración general. Sin embargo, nada más equivocado.

Que el Estado haya aprendido a cobrar cuen­tas es un punto a su favor. Sobre todo si te­nemos en cuenta que no son los ciudadanos sujetos de tributación quienes graciosamen­te y de buena gana dejan su dinero en las arcas públicas. Es el Estado el que, compul­sivamente, se lo quita de las manos. Legal­mente, pero por la fuerza. Esta reticencia no es un mero capricho sino que se basa en la sospecha fundada de que el dinero producto de los impuestos no es gastado por el Esta­do como el ciudadano quisiera. Es más, en la mayoría de las sociedades –la nuestra entre ellas- hay pruebas diarias del dispendio, in­equidad y latrocinio del que es objeto el era­rio público.

Así que la pregunta que surge de inmediato, y a partir de las jubilosas proclamas de ré­cord tras récord de recaudación, es simple y directa: sí, pero qué se hace con ese dinero.

Un buen sistema tributario se funda en cua­tro pilares principales, a saber:

Eficacia recaudadora: achicar la evasión, que todos paguen aquello a lo que están obliga­dos. En este punto, la SET pareciera calificar muy bien. Mejora de la calidad del gasto: ello implica maximizar los resultados de gestión minimizando el gasto, columna en la que el Estado empieza a fallar. Control de la co­rrupción: se sabe que es imposible erradi­carla, pero sí ponerle límites para disminuir todo lo posible la sangría de los valiosos y siempre escasos recursos del Tesoro. La reali­dad diaria nos exonera de cualquier comentario. Equidad: todo sujeto de tributación debe estar incluido en las nóminas de la SET, sin excepción, capítulo que podríamos denominar base tribu­taria justa. Y esa base tiene que asentarse, más que sobre el engañoso principio de “igual para todos”, sobre la consigna de que “más paga el que más tiene”. Richard Weber, director general adjunto del ala impositiva de la Comisión Euro­pea, no lo pudo expresar mejor en su conferen­cia magistral “Tributación, Estado y ciudadanía en las sociedades modernas”, al decir: “No cabe duda que incrementar la presión y modificar la estructura tributaria genera reticencias de los sectores con ingresos medios y altos, que no ven necesario asumir nuevos impuestos si no disfrutan de unos servicios públicos de calidad. Al mismo tiempo, los servicios públicos no po­drán mejorar si la recaudación es insuficiente. Ese es el círculo vicioso que debe romperse para que el sistema fiscal funcione adecuadamente y el sector público pueda cumplir sus tareas. Por tanto, si queremos contar con sociedades cohe­sionadas es necesario que quienes más tienen también contribuyan en mayor medida”.

Como se ve, no se trata solamente de ser efi­cientes en juntar recursos. También hay que aprender a gastarlos con prudencia e invertir con sabiduría en aquellos sectores de alta vul­nerabilidad y en las redes de infraestructura vial, sanitaria, educativa y de seguridad que el país necesita para acelerar su movimiento hacia el desarrollo y liderar las transformaciones que se hacen cada vez más necesarias.

En el Paraguay subsisten flagrantes bolsones de inequidad. La recaudación sigue descansando sobre los impuestos indirectos, el IVA en primer lugar, que consagra la mayor delas inequidades: lo mismo paga, comparativamente, el jornalero que compra un kilo de pan y un litro de leche que el gerente que llena su carrito de compras de alto precio. Solo que para el jornalero, dejar 100 guaraníes al Estado por cada 1.000 de su compra es demasiado. En cambio para el CEO, 100.000 por cada millón es apenas un click electrónico que no siente.

Si queremos hablar de justicia tributaria, hay que empezar a hablar en otros términos. Y eso, a muchos, no les gusta.

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