TEORIZANDO SOBRE LA POBREZA

Mayor o menor, rural o ur­bana, masculina o femeni­na, la pobreza es un factor a la vez omnipresente pero también subvalorado en los enfoques con­vencionales de la eco­nomía. Los académicos establecen que hay pobreza cuando las personas no alcanzan un determinado nivel de satisfacción en el consumo de bienes y servicios que les permitan vivir y desenvolverse dig­namente en su contexto social. La palabra dignidad adquiere en este caso un sitio relevante en el análisis, porque generalmente no se amplía su significado.

¿Qué debe entenderse por digno? ¿Ser merecedor de algo, que puede usarse o aceptarse sin desdoro,  proporcional al mé­rito y condición de alguien? Todas estas definiciones que brinda la Academia plantean  otras tantas maneras de abordar el espinoso asunto de la pobreza.

Al método habitual de medición centrado en una “canasta básica” de consu­mo por debajo de la cual se caería en la categoría de pobre, hoy se propone un abordaje multidi­mensional. Alguien propuso una suerte  de semáforo que permite iluminar las diversas maneras de ser pobre. Por ejemplo: si la fami­lia toma agua de  un arroyo, de un pozo o de una canilla conectada a una red domiciliaria de agua potabiliza­da; si las excretas  van a una letrina, a una fosa séptica o a un alcanta­rillado sanitario con trata­miento final; o si la familia  prepara sus alimentos en el suelo, en un fogón o en una cocina a gas. Son indi­cadores básicos que luego  pueden verterse, en una línea de espacio y de tiempo, en un pa­trón más amplio que permitiría establecer  niveles de pobreza crónica, de reciente acceso o inercial según propuso ya en los años ’90 el Programa de las  Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). La aparición de nuevos métodos para analizar un viejo problema  será siempre una buena noticia.

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