¿Quién ganaría una guerra cambiaria?

La tentación de obtener una ventaja sobre los competidores
con una moneda más barata no ha disminuido. La devaluación supone la promesa de
impulsar las exportaciones al hacerlas menos caras. En el caso de un país que
tiene una importante deuda externa en su propia moneda, el debilitamiento de
ésta también genera una transferencia de riqueza por parte de los ahorristas
extranjeros, dado que el valor de esos títulos declina en términos de dólares.
La devaluación también podría estimular la inflación, dado que el mayor costo
de los productos importados hace subir los precios.

No queda claro, sin embargo, que esa estrategia de
devaluación implícita pueda conseguir mayores beneficios. Una moneda más débil
ya no garantiza un aumento de las exportaciones. La demanda externa sigue
siendo vacilante debido a la desaceleración del crecimiento global.

Es importante recordar que otros factores podrían compensar
todas las ventajas obtenidas con una devaluación. La volatilidad cambiaria y la
incertidumbre tienden a desalentar la inversión a largo plazo de las empresas.
Una moneda más débil también reduce el poder adquisitivo de los ciudadanos.

Sólo puede ganarse una guerra cambiaria si es un solo país
el que recurre a una devaluación. Por definición, la totalidad de los países no
puede tener simultáneamente la moneda más barata. Eso no significa que los
países no traten de obtener ventajas frente a sus competidores, pero sus
probabilidades de tener éxito son menores que nunca.

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