Riqueza

Benjamín Fernández Bogado

@benjalibre

 

Una de las conversaciones aparentemente absurdas se da entre nosotros cuando hablamos de pobreza y de sus manifestaciones con­cretas: hambre, enfermeda­des, desnutrición, violencia, robos o muertes que hacen parte de la relación que se hace de esa palabra tan usada por ricos como por los denominados desheredados Hay quienes dicen que hacen parte de la antropología mun­dial y que no hay mucho por hacer más que atenuarla como se pueda. Los teóricos en el tema no terminan por dar con la tecla acerca de qué hacer de manera efectiva para reducirla a niveles mínimos, potenciando las ca­pacidades y fortalezas de la sociedad. Quizás de tanto hablar de pobreza y ver pobres nos hemos acostumbra­do tanto que hoy hacen parte del discurso político que se llena la boca de ella, aunque después en los hechos hagan muy poco por reducirla.

Hay algunos muy entusiasmados que gritan el compro­miso de acabar con ella, aunque no tenga la más pálida idea de cómo hacerlo. Los analistas y consultores de la pobreza se han hecho ricos tomando al enfermo del de­recho y del revés, describiendo sus variadas maneras de manifestaciones e impacto social. Las cuestiones edu­cativas aparecen casi siempre en primer lugar, aunque se analiza poco la calidad de la enseñanza que puede llevar a que un adolescente luego de 8 años de estudio no sepa leer ni escribir para enfrentar los retos míni­mos de la vida. Otros hablan de créditos y de acceso a los mismos o de la propiedad real que permita ser sujeto de ellos y emprender la vida con mejores perspectivas.

Están aquellos que lo analizan desde el punto de vista religioso, afirmando que la pobreza es parte del discurso católico que sostiene que un rico tiene escasas posibili­dades de entrar al cielo como “un camello por el ojo de una aguja”. Otros describen desde la concepción tropi­cal, afirmando que existen escasos ejemplos de prospe­ridad en países ubicados en el hemisferio sur en con­traposición a los que del norte. Pero en realidad el gran problema de la pobres es que parte de la ausencia de un análisis de la riqueza existente y cómo con un buen Es­tado administrador y unos gobernantes convencidos de las capacidades de sus ciudadanos podrían revertir por completo la ecuación del problema y percibir la pobre­za no como un hecho inmutable, trágico y de condena social sino como un compromiso que reconociendo la riqueza humana y de la naturaleza misma puedan com­binar capacidades que lleven a mejorar las condiciones de vida de millones de seres humanos.

Los latinoamericanos no estamos bien en los números de desarrollo humano. Se muestran ahí en esos informes que nuestros gobiernos no saben administrar la riqueza de sus pueblos y el asalto a los camiones de alimentos o supermercados en Venezuela -uno de los países más ricos del mundo en petróleo- es una prueba elocuente de incapacidad, corrupción e irresponsabilidad.

Necesitamos usar mejor nuestras riquezas. Acabar con el discurso pobrista en el que se sostienen gobiernos que han hecho de ella la argamasa para construir go­biernos populistas que se sostuvieron sobre el boom de la venta de materias primas sin agregarles valor muchas veces.

Somos un subcontinente rico, administrado por unos pobres políticos de ocasión que han transformado pri­mero el discurso y luego la acción en una machacona reiteración de errores y de faltas.

Hagamos de nuestra riqueza humana y de recursos na­turales el argumento central de la acción política y mi­remos menos sus consecuencias en forma de pobreza que se inicia como lástima para acabar siempre en tra­gedia.

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