Uno de cada tres paraguayos

COMENTARIO
Alejandro Scelfo
Juntos por la Educación

Hablemos de “él”. Él abre los ojos, se levanta del colchón en el piso, y siente el frío en los pies descalzos y en toda la piel; lo siente bien, va a dormir en el mismo lugar esta noche. Se levanta cada día calculando cada guaraní que va a gastar en el día para ver si le alcanza para al menos un cocido en el desayuno.

Va al trabajo de sol a luna, día tras día, para traer, literalmente, el pan del día. Sale de la casa viendo a los niños del barrio yendo a la escuela, quienes no tienen para sus útiles, y sus ropas son herencias de los hermanos ma­yores o de la casualidad. Los ancianos, después de una vida así, todavía no pudieron darle una mejor a sus hijos que la que a ellos les tocó te­ner.

Ve las mismas caras, en el mismo barrio, todo igual, desde sus primeros hasta sus últimos días.

Esto es el ciclo de la pobreza. Probablemente no sea tu vida ni la mía, pero sí la de “él”. De ese “uno” de cada 3 paraguayos que pasa por lo mismo.

La cantidad de personas pobres en nuestro país -a pesar de haber estado disminuyendo de manera estable en los últimos 20 años- ha estado aumentando desde el 2014. En tal año, el 23,8% de paraguayos eran pobres, es decir, 1.600.000 personas en ese entonces. Hoy, he­mos pasado de casi 1 de cada 4 paraguayos en situación de pobreza a casi 1 de cada 3. Actual­mente, en comparación al 2014, hay al menos 350.000 personas más que no pueden cubrir necesidades básicas.

Al igual que el ciclo del agua o del carbono en la naturaleza, éste tiene varios estadios, pero siempre termina en el comienzo. Pero también existen maneras de romper estos ciclos. El si­niestro ciclo de la pobreza tiene una manera de ser desmantelado: la educación.

“A modo de ilustración puede citarse la ten­dencia hacia una mayor desigualdad en la dis­tribución del ingreso que se observa desde hace algunos años, tanto en países desarro­llados como en desarrollo. Los analistas han identificado como causa de tal fenómeno a la brecha creciente entre los ingresos del trabajo obtenidos por trabajadores calificados y no ca­lificados derivada de aumentos en la demanda por el primer grupo. En esta mayor demanda han influido, a su vez, los cambios tecnológi­cos y el proceso de globalización. La reversión de la tendencia hacia una mayor desigualdad requeriría acelerar la calificación educacional de la población para reducir la brecha salarial entre los distintos tipos de calificaciones”¹. Lo cual explicaría que en el Informe Global de Competitividad 2016-2017 del Foro Econó­mico Mundial, nos encontremos en el puesto 136 de 138, y que tengamos un coeficiente Gini (índice que mide la desigualdad económica en una escala donde 0 es total equidad y 100 lo contrario) de 51,7. Un ejemplo contrastante es Uruguay, que está en el puesto 56 en educación primaria y 48 en educación superior en el mis­mo informe, y tiene un coeficiente Gini 20% menor al de Paraguay.

Que cada vez más compatriotas no puedan cubrir sus necesidades básicas no es solo un problema, sino también un síntoma de un problema más grande. Es el fruto del fracaso del sistema educativo y de las políticas públi­cas que suponen ayudar a las personas a sa­lir de la pobreza. Éstas deben ser diseñadas e implementadas en conjunto para poder ser útiles para toda la población. “Los problemas de deserción escolar afectan principalmente a los niños más pobres. Ellos ingresan en for­ma tardía a la educación, experimentan mayo­res dificultades en sus estudios y tienen más necesidad de incorporarse tempranamente al mercado laboral”¹. “La educación actúa so­bre las capacidades de los pobres en el largo plazo; no se trata de una política que permita aliviar las carencias más urgentes de la pobla­ción”¹. Debido a estos factores se precisan de las políticas públicas: para que ayuden a paliar las desventajas que suponen la pobreza en el inmediato, permitiendo así a una educación propicia brindar las herramientas necesarias para progresar.

Al analizar los distintos factores de la pobreza que influyen en la educación y los de la edu­cación que influyen en la pobreza, vemos que es un sistema que se retroalimenta en perjui­cio de sí mismo. Pero a pesar de que estemos mal, tenemos una salida y, como país, tene­mos que trabajar en conjunto por ella, cada uno desde su rol en la sociedad. Esto supo­ne analizar nuestra realidad actual y nuestra historia, lo que a su vez precisa aceptar tanto nuestras fallas como nuestros aciertos. Este -y solo este- es el camino a encontrar la solución a los problemas que tenemos y poder imple­mentarla. En este caso, la causa nacional, para la solución de la pobreza, debe ser la calidad y accesibilidad de la educación para cada uno de los habitantes del Paraguay.

¹- Educación y superación de la pobreza en América Latina, Osvlado Larrañaga.

 


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