El alto precio de copiar sin permiso

Federico Silva
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Cuando la información es objetiva, subrayando cua­lidades y omitiendo demé­ritos, y adoptando formas y colores atractivos para seducirnos, se llama publi­cidad. Hoy, todos en mayor o menor grado estamos influenciados por la publicidad, un elemento vital para vender cualquier producto, servicio o idea. En este sesgo, la creatividad es el arma secreta de la publicidad, donde si bien pueden tomarse ideas de otros y de allí mediante inventiva desarrollar nuevas creaciones, las creaciones en sí, como obras literarias o artísticas que son, están protegidas por la Ley 1.328/98 “De Derechos de Autor”. Ahora, con total dejadez y abandono de cualquier intento de crear algo nuevo, buscar una opción paralela o en­carar las cosas desde una óptica diferente, es frecuente oír frases como “ya todo está inventado”, o “¿para qué pensar en una nueva idea si puedo usar la de otro?”, justificando una publicidad adaptativa. De esta forma a diario vemos publicidad de productos, políticos y otros con temas como “Despacito” de Luis Fonzi y un sinfín de otros burdos ejemplos, posiblemente sin autorización de sus titulares. Al otro lado de la vereda, sin embargo, está la creatividad, con su incansable deseo de desarro­llar nuevas obras originales. Pero cuando el lado oscuro atrae a quien debe crear y se decanta por el tan temido “ya todo está inventado” ocurre el plagio, sancionado por ley. Muchas veces sin saberlo, al haber encargado el trabajo, de no haber tomado las precauciones necesarias usted puede tener que enfrentar grandes responsabili­dades. Veamos cómo cubrirse.

LAS OBRAS PROTEGIDAS

El derecho de autor instituido por la Ley 1.328/98, prote­ge las obras del ingenio literarias y artísticas originales susceptibles de divulgación o reproducción de cualquier forma. En cuanto a la extensión de la cobertura, en el ar­tículo 2 (16) de la “Convención de Berna Sobre Derechos de Autor”, ratificada por Ley 12/91, tenemos que la mis­ma abarca todas las producciones literarias, científicas y artísticas, cualquiera que sea el modo o forma de ex­presión, como libros, folletos y otros escritos; conferen­cias, alocuciones, sermones y otras obras de naturaleza similar; obras dramáticas o dramático-musicales; obras coreográficas y pantomimas; composiciones musicales con o sin letra; obras cinematográficas y análogas; obras de dibujo, pintura, arquitectura, escultura, grabado, li­tografía; obras fotográficas y análogas; obras de artes aplicadas; ilustraciones, mapas, planos, croquis y obras plásticas relativas a la geografía, topografía, arquitec­tura o ciencias. La protección también se extiende a las traducciones, adaptaciones, arreglos musicales y demás transformaciones de una obra original.

La protección del derecho de autor, sin embargo, no se extiende a las ideas contenidas en las obras, sino solo a las creaciones formales, es decir, la expresión formal del desarrollo del pensamiento (art. 7). De esta forma, la protección del derecho de autor abarca solo las expre­siones particulares de las ideas, pero no las ideas en sí mismas, ni las subyacentes. Por tanto, si bien es ilícito usar una obra protegida sin autorización de su dueño, es lícito inspirarse en la idea implícita en dicha obra y a partir de la misma mediante ingenio, creatividad y ori­ginalidad desarrollar una nueva obra con características diferentes.

LA PROTECCIÓN DE LA LEY 1.328/98

Como dueño de los derechos patrimoniales y morales de sus obras, los autores tienen la facultad exclusiva de ex­plotarlas bajo cualquier forma o procedimiento y obtener por ello beneficios, salvo excepciones legales expresas. En este sesgo, el derecho patrimonial, que subsiste 70 años desde la muerte del autor y se transmite a sus here­deros, entre otras cosas comprende la facultad exclusiva de realizar, autorizar o prohibir: la reproducción de la obra por cualquier forma o procedimiento; su comunica­ción pública por cualquier medio; la distribución pública de ejemplares de la misma; y la traducción, adaptación, arreglo u otra transformación de la obra. Siempre que la ley no disponga expresamente otra cosa, es ilícita toda reproducción, comunicación, distribución, traducción, adaptación, arreglo o transformación de una obra sin el consentimiento del autor o sus herederos, cuando co­rresponda, obtenida mediante una licencia negociada entre las partes involucradas.

Por tanto, la inclusión como tal en una publicidad de una obra protegida por derechos de autor, como músicas, fotografías, caricaturas y otras, o su traducción, adap­tación, arreglo u otra transformación sin la autorización de su titular, viola el derecho de autor de éste sobre las mismas y puede traer consigo graves consecuencias para el responsable.

LAS CONSECUENCIAS

De esta forma, los titulares de derechos de autor sobre obras protegidas pueden pedir a las autoridades com­petentes el cese de cualquier uso indebido, que se da por ejemplo al emplearse como tales o transformadas en anuncios publicitarios sin su autorización, y exigir la indemnización de los daños materiales y morales cau­sados por la violación o la recuperación de las utilidades obtenidas por el infractor con el uso, más los gastos del proceso. La indemnización comprende no sólo el monto que debería haber percibido el autor por otorgar la licen­cia, sino también un recargo mínimo del 100% de dicho monto, salvo que el afectado pueda probar un perjuicio superior considerando las ganancias que el infractor ob­tuvo como consecuencia del hecho (art. 158).

A su vez, bajo el artículo 167, puede ser castigado con seis meses a tres años de cárcel o con una multa de 100 a 200 salarios mínimos (aproximadamente de 200 a 400 mi­llones de guaraníes) quien sin la autorización de su due­ño, entre otras cosas distribuya, comunique al público o modifique una obra, como una fotografía, una música, un dibujo o una grabación audiovisual. Igualmente, bajo el artículo 168 el castigo puede ser de dos a tres años de cárcel o multa de 200 a 1.000 salarios (aproximadamen­te 400 a 1.000 millones de guaraníes) para quien copie obras protegidas en forma original o elaborada, íntegra o parcial, salvo que aplique una excepción legal, como la reproducción para fines educativos sin ánimo de lucro, para archivos de bibliotecas y otros.

Como encargar la elaboración de material publicitario materializa un mandato, confiándose al mandatario la ejecución de una actividad por cuenta y riesgo del prin­cipal, la responsabilidad por los hechos ilícitos del man­datario en el marco del desarrollo de la misma puede ex­tenderse al principal, por no haber impedido que alguien sujeto a sus instrucciones obre mal. A su vez, será el en­cargante quien se beneficiará por el uso de la publicidad, lo cual aumenta su responsabilidad de usar el material.

CÓMO PROTEGERSE

Existen, sin embargo, medidas que pueden tomarse para prevenir responsabilidades ante eventuales plagios en trabajos de publicidad que encargue. Así, es impres­cindible consigar en el contrato con el publicista que el mismo se obliga a desarrollar un material original para el mandante, a quien le cede el derecho de autor vincu­lado al mismo, tanto como que dicho material no violará derechos de propiedad intelectual de terceros.

A su vez, es importante establecer una cláusula de in­demnidad adecuada donde el contratado se obligue a defender y mantener indemne al contratante ante re­clamos sobre infracciones de derechos de propiedad intelectual en relación al material producido, debiendo hacerse cargo de los costos que se generen en su mar­co, tanto como que de eventualmente comprobarse una infracción, el contratado procure los medios para que el contratante pueda seguir utilizando el material, o para dejarlo fuera de la infracción. También es útil hacer que el contratado deba compensar al contratante por los da­ños que eventualmente sufra como consecuencia de la infracción, facultándose al segundo a deducir las sumas que eventualmente tenga que pagar de montos que deba al contratado.

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