“El día en el que pagué mi primer salario y deje de ser un millenial”

Esta es la historia de Facundo Garriz, un empresario joven que tuvo que asumir las riendas de su negocio, en la era en la que las cosas funcionan solas.

Esta es la historia de Facundo Garriz, un empresario joven que tuvo que asumir las riendas de su negocio, en la era en la que las cosas funcionan solas.
El mismo comenzó relatando al medio El Cronista: “Me acuerdo hasta lo que tenía puesto, como si fuera el recuerdo de una cita romántica. Yo, muy suelto del cuerpo disfrutaba del sol mientras debatía por teléfono si comprar un mueble hecho o mandarlo a hacer a medida, hasta que por ahí alguien me pregunta: ‘¿Ya pagaron los sueldos?’. Sin haber chequeado el banco (como si fuera algo que debería estar bien por default) y sin haber siquiera consultado si estaban listas las liquidaciones (como si lo administrativo nunca fallara en los deadlines) recordé que era el cuarto día hábil del mes, así que sí. Pero con mayor preocupación me preguntaron si hubo algún error”.
PRIMERA ALERTA
Continuó contando que tarde, pero alerta en fin llegó un llamado telefónico mediante el cual le informaron (como si no fuera el dueño) que un sector de la empresa estaba financieramente complicado y se había tomado la decisión de pagar el 50% de los sueldos en todos los sectores. “Pero la plata de mi caja alcanzaba, me quejé y como respuesta me hicieron un extraño planteo de solidaridad y compañerismo, como si a mis empleados les fuera a interesar/importar que en otra área de la empresa la plata no alcanza. Sí, ahí ya estaba enojado, pero todavía era un enojo de empleado, de esos que se van con ganar un nivel difícil de candy crush. Pero de repente otro de los empleados, uno muy educado por suerte, me llama aparte y me cuenta que estaba por ser padre; este mes tenía que pagarle estudios a su mujer y quería empezar a comprar la ropa”.
¿DERECHO
A COARTAR?
La frivolidad por la compra del bendito mueble dejó de importar automáticamente, porque la escala de valores le cambió.
El compromiso con sus empleados, “primera vez usaba mentalmente ese concepto tan de la era industrial, se puso en el top de mi ranking. Quienes hasta ese momento eran mis cuasi-compañeros que me hacían caso, pasaron a ser empleados que ‘dependían’ de mis decisiones”, resaltó.
Señaló que entendió que puede intentar armar un staff moderno, construir una marca cool y competir por puestos de popularidad con empresas internacionales, pero los números no mienten. Las jerarquías se asumen con las responsabilidades que implican, o así debería ser, y hay algo en lo que no se puede fallar: en cumplir con los compromisos.
“Básicamente lo que estaba viviendo era la ruptura con mi idealismo millennial. Porque con el correr de las horas el enojo fue escarmentando. Otro empleado me hizo un comentario, la gerente me pidió que por favor la próxima vez le avise con anticipación para informar debidamente, mi socio (dueño de otra empresa) me dijo que era una vergüenza. Y entonces el enojo de empleado pasó a enojo de dueño, como esos de series en los que el magnate golpea el escritorio y se manda un shot de whisky sin hielo, pero con toques más modernos”, recordó.
Describió que mientras se comía la hamburguesa que creía merecer una vez transferidos el 100% de los sueldos, se comprometió a no fallar, “hacer las cosas bien poniendo los números como prioridad y dejar los gastos de promoción y diseño para cuando realmente alcance (ya nunca más considerados ‘inversión’ mal que les pese a los licenciados en marketing). Ser cuidadoso con qué priorizo porque una decisión mía afecta a otros 30. Porque esta vez las cuentas estaban en orden, pero algún otro mes podía ser yo el financieramente complicado y la historia ser otra”, argumentó.

RESPONSABILIDAD
Expresó que dejó de preguntarse sobre la felicidad, de preocuparse por si su trabajo era su hobby o si realmente es lo que le apasiona ya que esas preguntas de posteo de instagram eran irrelevantes si para el cuarto día hábil del mes no estaba la plata para los sueldos.
Con sus empleados asumidos como tales llegaron otras sorpresas del mundo boomer. Decidir la grilla de sueldos, porque el convenio colectivo de trabajo no hace todo el trabajo. Despedir a un empleado teniendo que ir a un escribano para sellar un acuerdo y evitar el futuro juicio, porque aquel que trabajaba codo a codo con él, hoy era su enemigo y mañana lo saludaba en la esquina de una plaza.
“Negociar una licencia psiquiátrica como si no fuera serio tomar psicofármacos. Liquidar impuestos que se multiplican por el solo hecho de pagarlos, y por los que no se recibe mucho a cambio. Controlar todo. No confiar en nadie para demostrar seguridad. Ser el Gran Hermano de mi negocio, sin ocuparme técnicamente de nada para no perder foco pero estando en cada escritorio para que sientan el control y la presión de que uno está presente y entonces lo hagan bien. Mi millennial interior estaba indignado como ese niño interior cuando dejamos de hablar con los amigos invisibles”, manifestó.
TRANQUILIDAD
EN LA NUEVA ERA
Agregó que la preocupación lo llevó a la obsesión y a delirar con dormir poco, adelgazar en exceso y perder la capacidad de ocio; lo cual ya es ultra exagerado para vivir en el siglo Facebook.
“Hoy ya puedo dormir pensando que los cheques se van a cobrar, los impuestos van a vencer y los sueldos no pueden esperar, incluso aprendí a convivir con eso y con la angustia millennial de ser feliz hoy, porque mañana puede salir el iPhone 1000 y volver a la infelicidad con tan solo un comercial”, finalizó.


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