La República agraviada

¿Qué extraña maldición nos mantiene clavados en viejos atavismos políticos? ¿Por qué subsisten conductas que nos atan al pasado, a un tiempo, diría Roa Bastos, en que vivíamos rodeados por las “murallas del miedo, del silencio, del olvido, del aislamiento total y de las vicisitudes del infortunio que sólo logramos derribar venciendo a las fuerzas inhumanas del despotismo”? Cuando Roa y otro puñado de próceres de la política, la literatura, de la poesía y del pensamiento libre retornaron al Paraguay en febrero de 1989, se respiraba un aire de euforia, combustible imprescindible para iniciar la reconstrucción de la República devastada por una dictadura brutal basada en la obediencia perruna disfrazada de lealtad partidaria. Para ello, era vital recuperar el imperio de la palabra a fin de renovar el contrato social dotándonos de una nueva Constitución. Eso hicimos, con luces y sombras, con destrezas y torpezas, pero yendo adelante.

Echando una mirada al camino recorrido encontramos, después de 28 años, que han sido más las ganancias que las pérdidas. Pero eso no debe apartarnos de la guardia que cada ciudadano debe mantener en forma permanente. Hasta el mejor y más sólido edificio republicano puede resquebrajarse y correr peligro de derrumbe si no ponemos atención a las conductas regresivas que surgen en forma recurrente. Un ejemplo es el triste espectáculo ofrecido por el Ministro de Educación y Ciencias en un acto partidario digno de los anales del siniestro “cuatrinomio de oro” del estronismo.

Este hombre, que maneja la tajada más grande del Presupuesto General de la Nación (G. 4,6 billones) después del Ministerio de Hacienda, arengó a sus contertulios, todos colorados, hablando en forma vehemente de “mis 18 coordinadores” a los que instruyó para que bajaran línea a supervisores y docentes a fin de que “se pongan la camiseta colorada” y voten por la lista 2, la del Presidente de la República. ¿Se considera el ministro Enrique Riera propietario de coordinadores, supervisores, directores y docentes para utilizar con tanto desparpajo el pronombre posesivo en primera persona al citar a sus subordinados?
¿A tal punto de degradación se ha retrotraído la vida republicana en el Paraguay para tener que sufrir estos patéticos sainetes seudo políticos que creímos sepultados en el pasado?

Pongamos además atención en que esto ocurre en una interna partidaria, en la que uno de los principales hombres del gabinete presidencial no trepida en introducir a martillazos dialécticos una cuña que resquebraja los cimientos del edificio institucional. ¿Qué podemos esperar, entonces, cuando entremos a las generales? ¿Este bochornoso discurso de interna soez multiplicado por diez? ¿Es lo que se viene?
Hubo un tiempo, en los albores de la etapa democrática que hoy vivimos, en que los hijos de un grupo de viejos gladiadores políticos que retornaban del exilio hacían giras de consulta con referentes ciudadanos para escucharlos y saber de primera mano las esperanzas que alentaban para cuando la República emergiera de la larga noche de la tiranía y comenzara a rodar de nuevo inaugurando sueños y acariciando anhelos de libertad. Enrique Riera Escudero estaba entre ellos, los decididos a construir “una nueva política” sepultando entre los escombros de la “vieja política” las aberrantes prácticas de la coacción, el clientelismo y el incondicionalismo, con el Estado como herramienta financiera y la amenaza velada como garrote. Pero vemos que algunos, entre ellos el ministro, se han apeado de aquel impulso regenerador para ponerse al servicio de abyectos proyectos personalistas.
Tengamos cuidado. El retorno al autoritarismo más bárbaro comienza con episodios pequeños y aparentemente inofensivos. Lo peor que podemos hacer es ignorarlos.
No nos equivoquemos.

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