LA GUERRA MUNDIAL DE DONALD TRUMP

En noviembre pasado, EEUU y China firmaron acuerdos comerciales por US$ 253.000 millones de dólares. Fue un grueso documento, rubricado por Donald Trump y Xi Jinping en el emblemático Gran Salón del Pueblo de Pekín, centro neurálgico del poder político chino. Se trata de un legajo generoso, conteniendo centenares de borradores de contratos comerciales que van desde 20 millones de microchips de la firma Qualcomm Inc. hasta 300 aviones de la Boeing por valor de unos US$ 50.000 millones.

Pero esto es apenas un suspiro frente al enor­me déficit de la balanza comercial entre los dos primeros exportadores-importadores del mundo, la cual se inclinó a favor del gigante asiático en 2017 por más de US$ 300.000 millones. Los asesores más duros de Trump vienen susurrándole al oído que tal situación es insostenible y que es imperativo revertir el desbalance del comercio exterior norteamericano que el año pasado superó los US$ 700.000 millones. La cuenta es simple, casi de almacenero: hay que ven­der más. “Las exportacio­nes de bienes sostienen seis millones de empleos fabri­les y explican el 33% de los cultivos agrícolas” informó el noviembre pasado el De­partamento de Comercio.

La reacción de Trump es casi un reflejo de Pavlov. Ignorando el llamamiento de Pekín a ser racionales y no emotivos, Trump proyecta elevar una barrera arancelaria de US$ 60.000 millones a las importa­ciones de China bajo el argumento de que por lo menos 100 productos de ese origen han sido desarrollados con secretos industriales robados a compañías de EEUU. La receta perfecta para desatar una guerra comercial.

Pero China no es el único blanco de este sendero béli­co de Trump que parece ex­tenderse a todo el mundo.

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