Cachapas y arepas en Asunción

Cocinando por un sueño, lejos del terruño.

Si ir más lejos
Por Cristian Nielsen 

Matrimonio joven, una hija pequeña, la típi­ca configuración familiar de arranque en cualquier sociedad. Sheila y Angelo son el ejemplo clásico, aunque allí se interrumpe el paradigma, que quedó trunco a 4.000 kilómetros de Asunción, en Caracas.

Ellos son venezolanos, pero un buen día decidieron poner punto final a un drama que sume a millones de seres humanos en una rutina humillante: trabajar apenas para comer.

Increíble, en un país que en 1950 tenía más petróleo que Arabia Saudita y ostentaba la tercera renta per cápita más alta del mundo después de EE.UU. y Australia.

Sí, así como suena. La pareja integró la riada de exiliados del país de Andrés Bello y de Rómulo Gallegos que hoy se desperdiga por todo el continente. Recaló en Asunción y se han levantado a puro trabajo, vendiendo dos de los platos típicos de su país, las cachapas y las arepas.

Si lo hicieran en su país, para comprar sus ingredientes tendrían que trabajar 146 días para comprar un kilo de harina de maíz, uno de manteca, uno de queso y un litro de leche, sin contar con los demás componentes de la receta. Estos casos se repiten hasta el infinito.

Un periodista que reporteaba a emigrantes en la frontera entre Ecuador y Colombia recogía la dolorosa experiencia de familias en la diáspora, que confiaban poder ayudar a los que se habían quedado en casa.

“Trabajar un mes para comer un día” era la síntesis magistral de un médico de 30 años decidido a llegar hasta Neuquén, Argentina, en donde le asegu­raban trabajo. Una maestra parvularia, quebrada al recordar a sus hijos que la esperan en Maracaibo, caminaba hacia Lima para encontrarse con amigos.

“Espero mandar algunos dólares desde allí”. Miles de sueños rotos caminando para sobrevivir.

Como Sheila y Angelo, arropados en el familiar aroma de arepas y cachapas, esperando volver.

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