La buena fe en el contrato de seguros

Por Guillermo Fronciani
Abogado

 

Entre los caracteres que se señalan como propios del contrato de seguro, se dice de él que es un contrato “de buena fe”. Esta afirmación daría lugar a suponer que los demás contratos pueden no ser de buena fe. Pero si se señala especialmente esta calidad en el contrato de seguro, es no solamente porque rigen respecto del mismo las reglas establecidas por el código civil, relativas a los hechos producidos por ignorancia o error o por dolo, sino porque en todos los países, y también en el nuestro, existen reglas especiales que acentúan la exigencia de un consentimiento prestado en perfectas condiciones. El Artículo 1549 del Código Civil, establece, como causa de nulidad del contrato de seguros, la declaración falsa o la reticencia de circunstancias conocidas del asegurado, que aun hechas de buena fe, hubiese impedido el contrato o modificado sus condiciones.

El principio que consagra la disposición transcripta es indiscutible desde el punto de vista teórico, pero bajo su aspecto práctico no está exento de dificultades para su justa aplicación. Para fundar esta norma consagrada especialmente en materia de seguros, se invoca la obligación en que esta el asegurado de declarar todas las circunstancias relativas no sólo al “verdadero estado  de la cosa”, sino de las que se relacionan con el riesgo asumido, que es el sentido en que verdaderamente debe entenderse la disposición, porque el objeto del seguro no son las cosas mismas, sino el riesgo al que se encuentran sometidas, y es también lo que se infiere claramente de las palabras finales del mismo artículo, o sea, las circunstancias que hubiesen “impedido el contrato o modificado sus condiciones”.

Pero precisamente por la característica señalada en la doctrina, de ser un contrato esencialmente de buena fe, esta condición no puede considerarse únicamente con respecto al asegurado, como por una errónea inteligencia del citado Artículo 1549 podría creerse. Sanción tan grave como la de nulidad que la ley impone, y a cuyo respecto la cuestión sólo surgirá, por lo general, cuando el siniestro está ya producido, no puede aplicarse sin un atento examen de los hechos y una justa apreciación del texto legal.

Desde luego, debe tenerse bien presente que la falsa declaración o la reticencia solo puede ser “de circunstancias conocidas del asegurado”, pero aun así, dichas circunstancias deben ser tales que “si el asegurador hubiese sido cerciorado” habrían “impedido el contrato o modificado sus condiciones”. Con toda claridad, resulta así que la buena fe que la ley quiere, debe ser recíproca e igual entre las partes, y no reducirse únicamente al asegurado. Y aún puede afirmarse que esa buena fe debe todavía ser mayor en el asegurador, que es el contratante que sabe cuáles son las circunstancias que, dentro de la técnica del seguro, pueden alterar las condiciones del contrato o impedir su celebración, en tanto que el asegurado puede muy bien no atribuirles trascendencia alguna.

Otro aspecto de esta misma cuestión relativa a la buena fe en el contrato de seguro, se refiere, no ya al tiempo anterior a la contratación, y a las condiciones en que se presta el consentimiento, sino al tiempo subsiguiente, mientras el riesgo corre y el siniestro no se ha producido todavía. Tanto el asegurado como el asegurador pueden llegar a tener noticia de circunstancias que, como dice la ley, a juicio de peritos, “habrían impedido el contrato o modificado sus condiciones”. También en este caso, y ya se trate de circunstancias anteriores al contrato llegadas a conocimiento de las partes con posterioridad a su celebración, o de circunstancias sobrevinientes después de estar aquél en vigencia, es el asegurador quien esta en mejores condiciones de apreciar si ellas implican una alteración en las condiciones del riesgo.

Para una y otra de estas dos situaciones, si el asegurador conoce o debe conocer esas circunstancias, a la par que el asegurado, no podría atribuirse a éste una reticencia que tuviera por efecto la nulidad a que el Art. 1546 se refiere.

En síntesis, y en líneas generales, debe concluirse, pues, en el estado actual de la explotación del seguro, que la reticencia como causa de nulidad del contrato, y como aspecto esencial de la buena fe que como característica se la señala, depende del examen de las circunstancias de hecho, y de la situación en que una de las partes pudiere estar para tener conocimiento de tales circunstancias; y sólo podría declararse la nulidad, a condición de que sea el asegurado quien las ha conocido, y no el asegurador. Y a condición también de que ellas pudieran alterar las condiciones del contrato o impedir su realización.

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