Otra grosera afrenta argentina

Siempre hemos sostenido, en este espacio editorial, que un cambio de signo político en la Argentina no garantiza el fin de las arbi­trariedades que Buenos Ai­res perpetra regularmente contra el país. Un clásico entre clásicos es fastidiar la navegación fluvial.

El último episodio tiene como epicentro Santa Fé, de negros antecedentes para el Paraguay desde la época de la colonia cuando esa ciudad era “puerto preciso”. Allí los barcos paraguayos debían rendir la “sisa”, tributo según el cual la yerba del Paraguay pagaba “por cada arroba, medio peso”.

Desde entonces, la carga fluvial paraguaya ha venido padeciendo gravámenes, alcabalas y tropelías la última de las cuales es una herencia ne­fasta del “Caballo” Suarez, sindicalista con patente de corsario obtenida cuando mandaban los Kirchner. Peronistas, radicales, libe­raloides, conservadores, filocomunistas, protoso­cialistas o culquiera sea la ideología del ocupante de la Casa Rosada, todos han violado de forma sistemática los tratados de libre navegación firmados con el Paraguay. Suarez es apenas la cara más bestial de esta práctica nefasta ejecutada desde Rivadavia hasta Macri. En uno de los acuerdos se establece que “los países signatarios otorgan recíprocamente a las embarcaciones de bandera de los demás países idéntico tratamien­to al que conceden a las embarcaciones nacionales en materia de tributos, tarifas, tasas, gravámenes, derechos, trámites, prac­ticaje, pilotaje, remolque, servicios portuarios y auxiliares, no pudién­dose realizar ningún tipo de discriminación por razón de bandera”.

La brutal agresión a la libertad de navegación perpetrada contra el barco “Annette”, de bandera nacional, es una muestra rutilante de lo poco que le importa al Gobierno argentino respetar lo que ha firmado.

Grosero e impresentable.

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