La corrupción mata, pulveriza y sepulta

Lo que sí queda meridianamente claro es que la corrupción mata, pulveriza y sepulta. Y genera cambios espasmódicos en lo social y político.

Hubo un tiempo en que los brasileños estuvieron de grandes amores con el Partido de los Trabaja­dores. Su política social de “hambre cero”, de reducción de la pobreza, del desempleo y un sostenido crecimiento económico pusieron al Brasil en tren de ubicarse entre las 10 primeras potencias mundiales.

Pero el “mensalao”, el “lavajato” y el escándalo Odebrecht dinamitaron el efecto de esos logros y acabaron con la carrera de Lula y de Dilma Rousseff.

Sólo en obras públi­cas y en activos de Petrobras, Brasil lleva perdido el equivalente al 2% del PIB de 2017.

En Argentina, está claro que a Mauricio Macri le hubiera gustado que el combate a la red de corrupción dejada por la expresidenta y su gavilla de saqueadores se hubiera librado en el plano de la condena social en lugar de los tribunales de justicia.

La contabilidad forense efectuada sobre el periodo kirchnerista 2003-2015 habla de una pérdida patrimonial de US$ 20.000 millones sólo en sobornos y coimas.

A medida que avanzan los juicios, las acciones de muchas empresas se derriten en las pizarras de la bolsa. En México, las estimaciones de impacto de la corrupción sobre la economía parte de un 5% sobre el PIB según estima­ciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). ¿Efectos colatera­les de estos tres ejemplos? Brasil eligió un ultrade­rechista para restaurar la confianza destruida por el PT, México optó por un viejo líder de centroiz­quierda “keynesiana” que llega con el verbo de lucha contra la corrupción y Argentina, bien, Argenti­na se interna lentamente en un pantano rumbo a los comicios de octubre del 2019 sin tener nada claro: si sigue Macri o vuelve Cristina Kirchner.

Lo que sí queda meridia­namente claro es que la corrupción mata, pulve­riza y sepulta. Y genera cambios espasmódicos en lo social y político.

¿Tomamos nota?

 

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