Ya no se puede tapar el sol con una mano

Por Fabrizio Pérez Recalde
MCS – economí[email protected]

 

Solo el 8,3% de los estudiantes paraguayos que tomaron los exámenes desarrollados por la OCDE, en el marco del programa PISA-D aplicado en 70 países, lograron pasar la prueba de matemáticas. A su vez, solo el 32,2% logró aprobar el examen de lectura, mientras que el promedio de la región fue de 79,9%.

Con estos resultados, en el área de matemáticas nuestro país solo obtuvo mejores resultados que Senegal, Zambia y Camboya (en este caso solo a un punto). Por su parte, en el área de lectura con un puntaje promedio de 370 también se pudo sobrepasar el resultado de Guatemala, además de los tres países mencionados en el caso anterior. Finalmente, los resultados en el área de ciencias tampoco fueron alentadores ya que el puntaje obtenido por Paraguay fue de apenas 358, superando solamente a los mismos tres países que en matemáticas.

Estas cifras cuestionan años y años de programas educativos, y sacan a luz un gran déficit en materia de educación, sin embargo, no nos dicen nada nuevo, ya lo sabíamos: habían sido precedidas por los resultados de la prueba 2015 del SNEPE[1] que, publicados a principios del corriente año, revelaban que el 90% de los niños y adolescentes evaluados no alcanzaron las competencias óptimas de su grado o curso y que casi el 50% de los mismos se encuentran por debajo del nivel medio.

En materia de educación estamos a años luz de los países desarrollados debido a la baja calidad educativa que se mantiene desde mucho tiempo atrás. De hecho, el mismo informe de la OCDE revela que países como Suiza o Luxemburgo gastan aproximadamente USD.140.000 por alumno desde los 6 a 15 años, a diferencia de Paraguay que solo destina menos del 20% de dicho importe, es decir, unos USD.25.000 para los escolares de ese rango de edades, generando una brecha importante con otros países.

Esta situación es en parte resultado de algo que también ya sabíamos: la baja inversión en educación, esto considerando que en Paraguay solo el 3,4% del Producto Interno Bruto (PIB) es destinado a educación, por debajo del 7% recomendado por la UNESCO para países en desarrollo.

Tampoco podemos negar que ya sabíamos que de cada 10 estudiantes que se matricularon en el 2005 en 1er. Grado, 6 tuvieron que abandonar sus estudios antes de llegar al 3ro. de la media y que muchos de los que lograron culminar la primaria lo hicieron con severas limitaciones. Menos aún podemos negar que ya sabíamos que hasta los catorce años unos 92 niños de cada 100 logran asistir a una institución de enseñanza formal[2], y que sin embargo a los 17 años lo hacen solo 78 de cada 100 adolescentes, denotando una alta inasistencia en esa franja etaria.

En los últimos cinco años –en promedio- de cada G. 100 presupuestados por el Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) unos G. 64 fueron destinados al pago de salarios o compensaciones a sus funcionarios. Es decir, que solo G. 36 quedaron disponibles para el desembolso en gastos de infraestructura o capacitación docente. En el mismo periodo de tiempo, de este monto solo el 69% –en promedio–  llegó a ser ejecutado, significando un desembolso real en inversiones de capital físico y humano de G. 25 por cada G. 100 presupuestado por dicha entidad.

Cómo ocultar que durante el último lustro –en promedio– el porcentaje del Presupuesto General de la Nación (PGN) destinado al MEC fue tan solo del 8,9% y apenas subiría al 9,9% en el presupuesto proyectado para el 2019. Si bien, de nada sirven los importes presupuestados mientras no se mejoren los ratios de ejecución, no dejan de ser una señal importante sobre el verdadero compromiso del país con la educación.

Pareciera ser que con el informe de la OCDE recién ahora el Estado, a través de sus gobernantes, tomaría conciencia del déficit educacional imperante y que recién ahora implementaría las acciones necesarias para paliar tal situación, sin embargo, esto debió ocurrir mucho tiempo atrás ya que existen y existieron claras evidencias del nivel educativo al que accede la población paraguaya desde hace varias generaciones.

Como se menciona anteriormente, ya conocíamos nuestra realidad, solamente que nunca hubo un compromiso certero y legítimo de la clase política ni de la sociedad misma para implementar procesos efectivos que combatan la paupérrima educación que reciben nuestros estudiantes.

Intentábamos tapar el sol con una mano, nunca pusimos como prioridad la inversión en capital humano, y no solo conseguimos postergar un problema tan delicado como lo es el bajo nivel de educación sino también ahora logramos revelar al mundo que estamos situados entre los peores países.

Ya no hay excusas. Es de vital importancia que a partir de ahora se busquen los mecanismos y se implementen acciones que eleven la eficiencia del gasto, antes que enfocarse en crear impuestos con destinos específicos. Así también, es necesario evaluar la necesidad de una reforma integral que nos permita dejar los últimos lugares del mundo en materia de educación. Para ello no solo debe haber un compromiso de las autoridades, sino que es necesaria también la activa participación de la ciudadanía, ya que la educación no solo se limita a los libros o a las instituciones educativas, sino también depende en gran medida de las enseñanzas que desde pequeños reciban los niños en sus hogares.

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