El Pilcomayo de los otros

Mientras Argentina y Bolivia se sirven a gusto, nosotros miramos.

Sin ir más lejos
Por Cristian Nielsen

Da pena tener que decirlo. Pero mientras nosotros perdemos el tiempo mirando desde la gradería, otros actúan y se benefician. Me refiero al bendito río Pilcomayo, sobre el cual no paramos de hablar, formar comis­iones y emitir leyes que hasta ahora no han servido siquiera para estabilizar la entrada de agua por el canal abierto hacia el Chaco.

No pasa eso en Argentina y Bolivia.

Los formoseños tienen en funcionamiento un sistema de manejo en el denominado Bañado La Estrella, en el noroeste limítrofe con nues­tro Chaco. Es un complejo de correderas flu­viales, estructuras de captación y trasvase de aguas –en especial las altas- que sirven para atenuar los efectos de las crecientes.

En 2016, estas estructuras pudieron manejar un flujo de casi 3.000 hectómetros cúbicos, el más voluminoso en 30 años según la estación hidrológica de Misión La Paz. Mucha de esa agua se destina a sosten­er intacto un ecosistema de apenas 60 años de existencia.La restante va a regadío.

Bolivia, mientras tanto, tiene en fun­cionamiento en Villa Montes la represa Caigua-Chimeo capaz de retener hasta dos hectómetros cúbicos de agua del Pilcomayo, con beneficio para unos 38.000 habitantes en su área de influencia, con una docena de obras complementarias para el tratamiento y distribución de agua potable para el consumo humano.

Mientras tanto en el Paraguay, comuni­dades autóctonas, colonias menonitas y productores agropecuarios deben hacer malabares para juntar agua de lluvia o extraerla de las profundidades allí donde hay napas de agua dulce.

Ni siquiera hemos sido capaces de terminar, doce años después de empezarlo, un triste acueducto a partir del río Paraguay.

Lo dicho. Da pena tanta desidia, tanta char­latanería y tanto abandono, patético produc­to de la pésima calidad de la gestión pública.

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