Contrabando y lavado: ¿queremos o no combatirlos?

Una sola fábrica de cigarrillos produce 60.000 millones de unidades al año, suficientes para cubrir 30 veces el consumo local de tabaco".

Ungido presidente de la República tras los comi­cios de mayo de 1989, el general Andrés Rodríguez le tomó el gusto a los “co­rralitos” de prensa a la sa­lida del Palacio de López.

Cierto día le preguntaron qué haría para detener el contrabando hacia el Brasil, especialmente de electrónica y cigarrillos. La respuesta de Rodrí­guez fue sorprendente. “Nosotros vendemos –dijo palabras más o menos-

Si hay contrabando, es problema de los brasile­ños”. Tres décadas más tarde, la cosa no solo no ha cambiado sino que se ha ampliado y pro­fundizado, con métodos de infiltración mucho más desarrollados que los de los años ‘90.

Las cifras hablan por sí solas. Una sola fábrica de cigarrillos produce en el Paraguay unos 60.000 millones de unidades al año, suficientes para cubrir 30 veces el con­sumo local de tabaco.

Eso deja un excedente “exportable” que confi­gura el 73% del mercado ilegal latinoamericano y el 10% del total del contrabando de tabaco a nivel mundial.

En realidad, ¿queremos cambiar este esquema de ilegalidad en una industria cada vez más perseguida, acorralada y estigmatizada por sus pro­ductos cuyo carácter car­cinogénico está más que probado? No lo parece.

En las últimas semanas la Dirección de Aduanas parece haber despertado de su letargo y capturado algunos cargamentos del río de tabaco ilegal que inunda las rutas comer­ciales de nuestro gigante vecino. EE.UU. ha decidi­do terciar en este operati­vo tenaza por una razón adicional y para nada menor: el contrabando de tabaco genera dinero negro que infecta los sistemas financieros de Paraguay y Brasil y genera un frenético lavado de activos. Y aquí ya no hay excusas: o tomamos en serio el compromiso o nos tiran de nuevo a la sentina de los “países lavadores”.

No hay status intermedio.

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