¡Háke la Bestia! Sonidos de la Tierra

Cuando aterricé en Asunción procedente de Miami a altas horas de la noche el mes pasado para trabajar como voluntario en el Festival Sonidos de la Tierra en Yaguarón, el coordinador de la organización, Elio Fleitas, muy amablemente sacó tiempo de su agitada agenda para recibirme en el aeropuerto.

Ese fue un bonito comienzo, pero en la práctica, resultó ser la medida en que el Festival estaba dispuesto a complacer a un maestro que era de utilidad limitada para la máxima prioridad de la organización: sus propios intereses. En lugar de centrarse en la música y los niños, el enfoque del festival de tres días en Yaguaron era claramente “alimentar a la bestia”: presentando un show espectacular para captar la atención de los medios de comunicación, complaciendo a los patrocinadores, aprovechando la más mínima oportunidad de comercialización y presentando una imagen de la necesidad de atraer donantes internacionales.

PERO COMO SE DIRÍA EN PARAGUAY: ¡HÁKE LA BESTIA!

Los actos de inauguración y clausura del festival no tuvieron nada que envidiarle en espectacularidad a un concierto de Beyoncé. Contaron con la participación de más de un millar de jóvenes músicos y bailarines, coreografiados de manera impecable en escenarios montados; tenían enormes pantallas de cine en donde proyectaron imágenes inspiradoras de niños estudiantes de música, así como testimonios de algunos graduados y de Luis Szarán, fundador del grupo. El evento contó incluso con su propio tema musical pop producido de manera ingeniosa, y hasta presentó material en vivo grabado por drones y una exhibición de fuegos artificiales a gran escala.

No obstante, entre bambalinas se pudo constatar que en el afán de Sonidos por inspirar y alimentar el creciente movimiento en el que se ha convertido después de tantos años, es posible que los objetivos establecidos se estén perdiendo en el interminable desafío financiero necesario para sostener semejante empresa. Algunos maestros del programa dan fe en privado de algunas de esas preocupaciones, pero se muestran reacios a hablar de ello en público, en primer lugar, porque no quieren poner en riesgo sus puestos y en segundo lugar, e igualmente importante, porque creen en el sueño de lo que representa Sonidos y esperan que la organización logre autocorregirse.

Dada su naturaleza, un festival anual de este tipo funciona más como una vitrina inspiradora que como un ejercicio pedagógico, y una organización de la envergadura de Sonidos sin duda necesita realizar este tipo de eventos. Sin embargo, una vez más, al correr el telón de la fanfarria quedan expuestas algunas contradicciones alarmantes. La primera fue que durante una invasión musical de Yaguarón, que de otra forma resultaría encantadora, casi nunca vimos a nadie tocando música, salvo durante los eventos programados. Yo trabajo cada verano en Haití en un programa similar, y allí se produce una cacofonía entre los jóvenes músicos que ensayan y tocan sin parar – todos en condiciones mucho peores que cualquiera en Paraguay – y es tal el nivel de intensidad que puede producir dolor de cabeza. Pero durante el fin de semana del festival, salvo por los eventos organizados por Sonidos, las calles de Yaguarón estuvieron mucho más silenciosas de lo que probablemente estarían un sábado por la noche cuando retumban cachacas en algunos bares. Es evidente que la energía musical de los jóvenes participantes fue canalizada hacia una sola empresa: Sonidos de la Tierra.

Más importante aún, hubo muy pocas actividades de pedagogía musical, salvo por aquellas que unos pocos maestros pudieron impartir durante ensayos masivos con estudiantes, que en su mayoría eran principiantes. Un gran número de niños, que estaban en un escenario para la presentación final afuera de la histórica Iglesia de Yaguarón, ni siquiera tocaron: llevaban puestas sus camisetas con el logo de Sonidos y estaban ahí sentados junto a sus instrumentos, ya fuera a manera de inspiración o para servir como animadores de Sonidos, dependiendo de la perspectiva de cada uno. Antes del concierto y de un evento previo exclusivo para los donantes privados, los niños recibieron instrucción sobre cómo deberían vitorear con entusiasmo a Sonidos.

En cuanto a la música en sí, vamos a ser comprensivos: encontrar un repertorio para jóvenes músicos de distintos niveles que pueda satisfacer las expectativas de un gran evento, no es una labor sencilla. Los distintos directores trabajaron sin descanso durante los ensayos solo con el fin de apenas lograr las notas a un nivel muy básico para un repertorio simplista, compuesto principalmente por polkas paraguayas. Resulta que a mí me encantan las polkas, y desde una perspectiva comercial es difícil equivocarse al interpretarlas frente a un público en Paraguay.

Pero para los niños paraguayos que están aprendiendo a leer música, las polkas tienen poca utilidad. Uno de los lemas de Sonidos es una cita del Maestro Szarán, El joven que durante el día interpreta a Mozart, por la noche no romperá vidrieras. Este es un sentimiento admirable, pero la realidad en el caso de Sonidos es que también es una herramienta de marketing un poco exagerada. Por ejemplo, de los cerca de 20 contrabajistas a los que entrené, solo unos pocos podían leer partituras al nivel más elemental. Muchos de ellos, cuando tocamos las polkas, no leyeron las partituras en absoluto, simplemente golpetearon una aproximación improvisada de lo que creían que debían tocar. No existe ninguna razón para creer que esa situación fuera diferente en las otras secciones instrumentales.
Mis maravillosos alumnos de bajo estaban muy entusiasmados y deseosos de aprender, pero, naturalmente, no hubo tiempo para realmente poder enseñarles algo. Eso se suponía que vendría después, ya que antes de mi viaje Sonidos me había pedido que dictara unos talleres para bajistas en Encarnación, San Juan Bautista, Ita, y Concepción. Pero cuando llegué a Yaguarón esos eventos ya habían sido olvidados, y además tan pronto como terminó el evento del fin de semana, Sonidos canceló abruptamente otro taller cerca de Quindy.

Todo eso parecía sintetizar lo que podría ser el dilema de Sonidos: una vez cumplida la prioridad de vender el producto, nadie tenía tiempo ni energía para aprovechar siquiera una modesta oportunidad de profundizar en el objetivo básico de la organización: enseñar música a los niños.

Cuando les mencioné el problema de la lectura de partituras específicamente a Szarán y a Fleitas, los dos respondieron de manera idéntica: “Estos no son nuestros mejores alumnos”. Ninguno de los dos tenía tiempo para discutir acerca de si el problema podría ser un síntoma de que la organización se estuviese alejando de sus principios originales. Cuando le comenté a Fleitas que, dado su gran cordialidad como anfitriones, yo había donado algunos elementos musicales para el capítulo Yaguarón de Sonidos, él se molestó por un instante y me dijo que todas las donaciones debían pasar por la oficina central, porque solo allí sabían dónde existía mayor necesidad. Sin embargo, ese incómodo momento pasó rápidamente, porque la máxima prioridad para una organización de la envergadura de Sonidos no es quién va a recibir unos arcos de violín, sino más bien conseguir financiación a gran escala. Es a ese nivel donde la organización parece estar perfeccionando su rendimiento, y para mí eso plantea algunas preocupaciones.

Cuando fui voluntario del Cuerpo de Paz en Paraguay en la década de 1980, me horrorizaba el cinismo con que el régimen usaba a los jóvenes y la cultura del país para promover su hegemonía. Mi reciente fin de semana en Yaguarón me dejó profundamente perturbado en ese sentido. Da la casualidad de que yo he aplaudido los objetivos sociopolíticos de Sonidos, los cuales la organización no duda en propugnar en sus eventos: la protección del medioambiente, el patrimonio cultural y el desarrollo de la juventud, entre otros.

Pero si la organización está utilizando, voluntaria o involuntariamente, a los jóvenes y la cultura para prolongar su propia existencia, mientras relega a un segundo plano sus objetivos pedagógicos ¿no sería hipócrita de mi parte condonar esto, simplemente porque esta vez estoy de acuerdo con los objetivos establecidos? Les pido que no piensen ni por un solo instante que estoy comparando los nobles esfuerzos de Sonidos con la manipulación y la violencia de la dictadura. A lo que me refiero es que usar el fin para justificar los medios es ponerse en una pendiente resbaladiza hacia todo tipo de problemas, y en más de 25 años trabajando en desarrollo internacional he visto como muchas iniciativas prometedoras que se caen por esa cuneta.

Sonidos de la Tierra es una iniciativa dinámica, que ha inspirado a muchas personas en Paraguay y en todo el mundo. Solo podemos esperar que la organización tome conciencia para garantizar que sus actividades continúen respetando su inspiradora misión original. La primera pregunta que Sonidos debería hacerse es si más grande es necesariamente mejor – ¡háke la bestia!

#David Einhorn es un músico que vive en West Palm Beach, Florida, Estados Unidos. Ha tocado con orquestas sinfónicas y de jazz, así como en grupos folclóricos y de música pop durante más de 40 años, incluso con varios artistas paraguayos. También trabajó como editor en el Banco Interamericano de Desarrollo y en el Fondo Monetario Internacional.

También podría gustarte