Paraguay y su grieta

En algunos países, las grandes fracturas sociales suelen ser políticas, aquí son culturales.

JUAN TORRES
@jualtorres

El conflicto reciente entre taxistas y las plataformas digitales de transporte son solo el síntoma emergente de una tensión mucho más profunda y decisiva para nuestro futuro: si se van a terminar imponiendo las fuerzas conservadoras- que buscan mantener el status quo económico y social- o aquellas de corte más liberal y globalista que empujan para que nuestro país intente subirse al tren de las sociedades avanzadas de Occidente-. No es poca cosa.

Paraguay fue históricamente de los países más rurales de América Latina, que es la zona más urbanizada del mundo, pero a diferencia de lo que ocurrió en la región, esta migración masiva a las ciudades no terminó adoptando plenamente ni las costumbres ni la mentalidad urbana.

En nuestros centros urbanos, hubo cierta permisividad con hábitos más relajados propios del campo, en donde la baja densidad poblacional no obliga a tener un orden mayor en la convivencia. Eso terminó construyendo ciudades caóticas, con el espacio público tomado y el discurso de la pobreza o la incapacidad de integrarse laboralmente como justificadores de una anarquía desbordada que ahora nos agobia.

Lo mismo se aplica también a la economía: desde grandes empresarios que no podrían sobrevivir en un mercado internacional altamente sofisticado y cuya única gran aspiración es hacer negocios con el Estado, hasta el lomitero que ocupa una vereda y la usa de estacionamiento, evitando así pagar un alquiler e impuestos municipales.

La nuestra es una sociedad de avivados, en la que se trata de dar un golpe rápido al menor costo y con el mínimo esfuerzo. Todos tratan de “salvarse” y el que lo logra, se blinda aislándose del resto. Aquellos que quedan fuera, por una especie de contrato tácito, tienen el premio consuelo de poder forzar ciertas reglas porque “son pobres” y no quieren que se rebelen. Les ofrecen eso, en vez de darles oportunidades superadoras.

Paraguay es hoy un monstruo convulsion­ante de dos cabezas; y se hace cada vez más difícil que ambas puedan coexistir. Hay un país aspiracional que quiere modernizarse y que no le tiene miedo a los cambios o la inno­vación, mientras que se le opone con fuerza otro que prefiere mantener las cosas como están, porque le es conveniente o porque no se siente preparado para competir.

A mí me queda claro por cuál apos­tar porque hay dos cosas contra las cuales no tiene sentido luchar: la edad y el tren arrollador de la historia.

También podría gustarte