Casa propia: mitos y realidades

El modelo tradicional de vivienda familiar tiene un factor limitante: es cada día más caro y con mayor impacto ambiental.

Un capítulo sobre el cual cuesta ponerse de acuerdo en el Paraguay es el relativo al déficit habi­tacional, entendido por la cantidad, calidad, dimen­siones, costo y estética de la vivienda, en especial la de tipo familiar. El rango de esa necesidad tiene un spread muy amplio, ya que iría de 1.000.000 a 1.500.000 viviendas, con una variable que complica el cálculo: por un lado está la vivienda propiamente dicha y por el otro, la denominada “solución habitacional”.

Como quiera que sea, es un tema que una vez abordado tiene la virtud de desatar encendidas polémicas y reaccio­nes que tocan muchas fibras ligadas a tradi­ciones y costumbres.

La casa típica paraguaya no se concibe si no es a partir de paredes de ladrillo, techo de tejas, tirantes y aberturas de madera y pisos cerámi­cos. Eso es lo que la tradi­ción exige y en eso se han curtido generaciones de arquitectos, ingenieros, constructores y provee­dores de materiales.

Sin embargo, ese modelo tiene un factor limitante: es cada día más caro y con mayor impacto ambiental. Cocer ladri­llos y tejas y producir cerramientos de madera cada día más escasa tiene un costo creciente. La primera vez que se habló de casas prefabricadas con materiales sintéti­cos casi se produjo una sublevación general. Pero con el paso del tiempo la polémica ha ido cediendo paso a la razón: casas más económicas, rápidas de construir, fáciles de acondicionar y mantener. Una de estas viviendas de 90 metros cuadra­dos cuesta entre 80 y 120 millones mientras que una de material cocido no baja de 250.

Esta realidad de hierro exige un cambio de paradigma y una política de Estado habitacional que maximice el ren­dimiento de recursos siempre escasos.

Ya se encargará el tiempo de crear una nueva tradición. Las siguientes generaciones se encargarán de ello.

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