Maduro, el demócrata

Y otros chistes por el estilo.

Cristian  Nielsen

Lo peor que hay para un dictador es decirle que es un dictador. Salvo Hitler y Stalin, a quienes importaba un carajo cómo se los calificara, todo mandon­cito con aires de autócrata tiene una forma de interpretar “su” democracia, en especial los latinoamericanos.

Desde las democracias populares al estilo comunista hasta la revolución bolivariana, no existe gerifalte con uni­forme que no se considere un demócrata. Y que lo proclame urbi et orbi.

Un caso que movería a risa, si antes no fuera trágico, es el de Nicolás Maduro, que calificó de “estúpidos” a quienes lo llaman dictador, entre ellos al protopresidente argentino Alberto Fernández quien, entre timorato y comedido, apenas atinó a decir que en el régimen de Maduro se cometen “abusos”…

¿Abusos? ¿En qué mundo vive este señor?

En Venezuela hay, certificados por la OEA, 278 presos políticos, 206 civiles y 72 militares. A Maduro no le gusta este tema, lo pone histérico. En 2018 hubo 23.047 asesinatos (OVV), muchos de ellos a manos de los “colectivos” armados encargados de atacar a manifestan­tes, periodistas o a cualquier persona sospechosa de criticar al dictador.

Mientras la asamblea legislativa le sirvió para algo, se hizo dar, una tras otra, leyes habilitantes que le permitían desde encarcelar opositores hasta crear impuestos. Cuando dejó de servirle, el Poder Legislativo –último vestigio republicano- se convirtió en un museo de cera, reemplazado por la asamblea constituyente que puso a Vene-zuela en estado asambleario permanente.

De allí, de esa corporación unicolor y genuflexa, sale su “democracia”. Sus pilares son el ejército, las milicias populares y él mismo, un mamarracho impresentable que atrasa un siglo.

Dictadura, señor Maduro, dictadura. Las co­sas por su nombre, aunque a Ud. no le guste.

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