¡Que vengan los bomberos!

STEPHANIE HOECKLE
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DIRECTORA DE OUI OUI

El otro día estaba muy tranquila haciendo la cola en la caja de un comercio para efectuar una compra, cuando los clientes escuchamos una explosión. No era una bomba ni algo que pusiera en riesgo nuestra integridad, aunque resultó sumamente incómodo: eran los gritos y las palabrotas de uno de los funcionarios en pleno estallido emocional.

Varios clientes reaccionaron y decidieron irse, ofendidos por haber sido expuestos al desagradable espectáculo; otros clavaron la vista en el celular e hicieron de cuenta que no pasaba nada. Yo ya estaba a punto de pagar, por lo que alcancé a hacerle un comentario a la cajera. Ella me pidió disculpas y se excusó diciendo: “Nuestro jefe está que arde, parece que necesitamos llamar a los bomberos”. La miré extrañada, no sabía si me hablaba en serio o en broma. Para que la escena estuviese completa, solo faltaba que sonaran de fondo la sirena y el éxito de los 80 de Daniela Romo, Que vengan los bomberos.

Salí sintiéndome incómoda y decidida a no volver a pisar ese lugar, porque, claro, ¡nadie merece ser maltratado! Si ese es el hábito de su jefe, es decir, si se trata de una situación que se repite con regularidad, es indudable que ese negocio se verá afectado tanto en su clima laboral como en la retención de sus talentos, y a la larga le irá muy mal. Ahora bien, si es un hecho aislado, un desliz emocional porque somos humanos y en el trabajo hay momentos de estrés y alta tensión que pueden llevarnos a estallar, ese jefe todavía tiene la oportunidad de recuperar su reputación. No conozco los detalles de ese caso en particular, pero sí recuerdo algunos tips que aplicar para no perder el control o para recuperarlo en el caso de que lo hayamos hecho.

ENTENDER CÓMO SOMOS

Los expertos dicen que el cerebro tiende a concentrarse en lo negativo antes que en lo positivo. La misma lógica se aplica en el trabajo: por más que tengamos un buen desempeño y seamos habitualmente cordiales, bastará que perdamos los estribos una sola vez para que los demás nos recuerden únicamente por eso. Cambiar la imagen negativa solo será posible si hemos construido una buena relación con los demás. En la medida en que nuestros colegas o jefes nos conozcan y valoren por lo que somos, les será sencillo comprender determinadas situaciones y dejar pasar esa “mancha” en nuestro historial.

PEDIR PERDÓN

Todas nuestras acciones tienen consecuencias de las que hay que hacerse responsables. Por eso, ante una rabieta en el trabajo, habrá que disculparse si hubo una persona afectada. En primer lugar, se debe reconocer el error, pedir perdón e intentar reparar el daño ocasionado. Eso implica también aclarar la situación a otros colegas que hayan sido testigos del episodio explosivo.

Reconocer nuestros errores no es fácil; casi siempre intentamos deslindar culpas con excusas. Es mejor concentrarse en una disculpa sincera. Es importante entender que, si una persona ocasionalmente estalla en el trabajo, su disculpa será mejor recibida que la de alguien que tiene la costumbre de ser irritable. ¿De qué sirven las disculpas cuando una persona se comporta siempre de la misma manera?

CONTAR HASTA DIEZ

Muchas madres tenemos incorporado el buen ejercicio de contar hasta diez cada vez que nuestros hijos nos sacan de nuestras casillas. En el trabajo, también hay que aplicar ciertas estrategias para no perder la compostura. En primer lugar, es útil identificar —mejor si es por escrito— cuáles son las situaciones que alteran nuestros nervios en la oficina. En segundo lugar, conviene describir las emociones que nos provocan y las señales de alerta de una situación límite. En tercer lugar, precisamos encontrar maneras inocuas de liberar la carga emocional: desde respirar profundamente, pasando por ir a dar una breve caminata hasta encerrarse en el sanitario y llorar. No es bueno guardarse tensiones ni enojos, hay que dejarlos fluir, de lo contrario nuestro cuerpo terminará resentido, pero eso no significa alterar la vida de los demás con nuestras tensiones.

DEMOSTRARLO CON HECHOS

La autoridad se puede ejercer sin necesidad de estallar. Si una persona se identifica como irritable en el trabajo y está dispuesta cambiar su reputación, deberá trabajar de manera consciente en la forma de controlarse. Como a veces no basta con contar hasta diez, es necesario recurrir a la ayuda profesional de un coach o un psicoterapeuta, y a la práctica de actividades que promuevan la relajación y la calma, como el yoga o la meditación. Es un trabajo de perseverancia, de poner en marcha otro estilo de vida, y también de mucha paciencia, pues debemos convencer a los demás de que somos capaces de modificar nuestro comportamiento. La paciencia de los demás tiene un límite, que, si se sobrepasa, es probable que ¡ni los bomberos te puedan ayudar!

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