BASTA DE INGENIERÍA SOCIAL

La costumbre de hacer ingeniería social no se ha perdido en el Estado paraguayo, sea cual fuere
el Gobierno de turno que lo intente. Se entiende por ingeniería social aquellas acciones dirigidas
a poner en marcha proyectos o programas que busquen modificar o cambiar determinadas costumbres y actitudes de grupos sociales.

En los años ’90 preocupaba el creciente arraigo del cultivo de la marihuana, especialmente en el
Amambay. A un creativo de las FF.AA. se le ocurrió la idea de reemplazar la marihuana por el cultivo
de la nuez macadamia.

Los productores locales escucharon en silencio la exposición y uno de ellos, agotada la paciencia, dijo:
“Cultivé maíz y se me pudrió por no poder sacarlo de la chacra. La marihuana me la vienen a buscar
a la finca y me la pagan al contado”. Sin comentarios.

Años más tarde, la nuez de macadamia fue adoptada por convicción por productores que hoy obtienen buena renta de ella. Y bastante lejos del Amambay. Cíclicamente se insiste en reponer el algodón
como rubro de renta para pequeños productores. Todo inútil.

Los antiguos algodoneros son hoy sojeros, con fincas de menos de 20 hectáreas, tecnificadas, de alta productividad y mercado asegurado.

El siguiente round de los ingenieros sociales es convencer al productor de que el cáñamo es buen negocio. “Para setiembre tendremos 12.000 hectáreas cultivadas”, asegura el ministro de Agricultura.

Buena suerte con eso, porque significará destronar del primer puesto, en seis meses, a los reyes del cáñamo como China, EE.UU., Francia y una veintena de países europeos. El productor rural es, por lo general, muy conservador.

Cuesta convencerlo de algo, por ejemplo, adoptar una nueva semilla de maíz. Y mudarse a un rubro desconocido… mucho más difícil. Quien no lo entienda es porque no conoce al hombre de la tierra.

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