El optimismo es contagioso

STEPHANIE HOECKLE
[email protected]AGENCIAOUIOUI.COM
DIRECTORA DE OUI OUI

Aunque hayamos retomado la rutina laboral, es probable que todavía muchas estemos funcionando en el agradable “modo vacaciones”. Bueno, después de todo, ¡la idea es que los agradables efectos colaterales del descanso duren unos cuantos meses! Uno en particular creo que debemos tratar de mantener fresquito todo lo que podamos: el optimismo.

Ser optimista no es precisamente confiar tontamente en que “todo va a estar mejor” por arte de magia. Más bien, como lo entiendo yo, consiste en mantener el buen ánimo, tratando de ver el lado positivo de las circunstancias –muchas veces difíciles– que nos toca enfrentar y de las personas con quienes nos relacionamos; es esa actitud cargada de esperanza que nos da ganas de seguir buscando aquello que queremos lograr o que nos da fuerzas para aceptar lo que no podemos cambiar y nos impulsa a salir en busca de una alternativa.

Lo que mueve a la acción

Apreciamos mejor las ventajas de ser optimista cuando nos fijamos en la alternativa: el pesimismo. Como la persona pesimista se fija en las dificultades y cree que son insuperables, no puede ver solución alguna. El futuro negativo que imagina la paraliza, no le permite siquiera intentar buscar soluciones. “No hace falta señalar la paja en el ojo ajeno”, como diría una de mis tías: pensemos en nosotras cuando nos sentimos pesimistas (porque todas lo somos en algún momento). Cuando eso ocurre, sentimos que nuestros problemas crecen, engordan y se vuelven cada vez más pesados… Si no reaccionamos a tiempo, los arrastramos hasta fin de año y terminamos con un agotamiento físico y emocional que era prevenible.

Entrenamiento

¿Puede una entrenarse para ser optimista? Esa ya es una pregunta cargada de optimismo. En realidad, ¡hay mucho escrito sobre el tema! Yo escogí algunos consejos de ejercicios que podemos hacer.

Imaginarse el futuro: consiste en dedicar unos minutos al día, todos los días, en pensar cómo nos gustaría estar en uno o diez años. Podemos imaginarnos que llegamos ahí gracias a nuestro esfuerzo y perseverancia, y disfrutamos por un momento de la agradable sensación que nos produce. A esto antes se le llamaba antes, despectivamente, “soñar”, ¡y es exactamente eso! El principal beneficio de este ejercicio es la buena predisposición de ánimo que deja en quien lo practica.

Ránking de objetivos: en entregas anteriores me referí a esto, que consiste en descomponer nuestros grandes objetivos en pequeñas metas concretas que son alcanzables. Mi método es hacer listas e ir depurándolas. Muchas veces, tenemos tantas ambiciones que no sabemos por dónde empezar a tratar de lograrlas. Pero si las simplificamos, podemos ir disfrutando de los logros y alimentando el optimismo para pasar al siguiente nivel.

Reconocer los problemas: creo que este ejercicio será más provechoso si lo escribimos en la computadora, el teléfono o en la agenda. Se trata de anotar en una columna aquellos pensamientos negativos que siempre nos asaltan y, en otra, una idea más positiva u optimista para cada uno de ellos. ¿Para qué servirá esto? Sencillamente para tener presente que, a menudo, tenemos opciones.

Frecuentar gente optimista: hace unos días leí en la web una frase que llamó mi atención: “Cuando las mujeres se reúnen, el mundo cambia”. La afirmación recibió tantos “me gusta” como críticas despiadas que la acusaban de superficial, simplista, generalizadora, etc. Yo también entorné los ojos y me dije “qué pavada”, pero, después, para mi sorpresa, me quedé pensando en eso. ¿Mi conclusión? No importa que sean varones o mujeres: cuando la gente optimista –es decir, la que tiene ganas de mejorar su situación profesional o personal– se reúne, es decir, comparte experiencias y aprendizajes y se apoya mutuamente, su mundo cambia. Identifiquemos a los optimistas a nuestro alrededor y dejemos que nos contagien su energía.

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