Odiar el sábado

SAMUEL ACOSTA
@acostasamu

Hace unos años atrás, cuando vivía en el
barrio Trinidad de Asunción cada vez que
llegaba el día sábado buscaba la manera
de no dormir en casa. A una cuadra del
departamento que había alquilado, se ubicaba
una discoteca y una inmensa cantidad
de jóvenes se adueñaba de las calles.

Muchos ni siquiera entraban al local
nocturno. Estacionaban sus coches,
sacaban altoparlantes y con música a todo
volumen hacían su propia fiesta en la vereda.
Cuando una fila interminable de automóviles
hace exactamente lo mismo, lo que se
escucha ya no es música, es puro ruido.

La ingesta de alcohol era el combustible de
todo aquel escándalo. La avenida desde
su intersección en la calle Venezuela hasta
el cruce con Santísima Trinidad era una
improvisada pista de carrera. Y estas no
eran solo por el “honor” de ser el más
veloz, corría plata de apuestas lo que
incrementaba no solo la adrenalina de
los participantes, sino también el nivel de
locura de los que seguían la competencia.
Los oficiales de la Policía Nacional acudían
al llamado de los vecinos pero solo para
hacer acto de presencia. Incluso hay veces,
sospecho, que se quedaban solo a curiosear.

La escena era siempre la misma, el ruido del
roncador de las motos y griterío de gente,
hasta que en algún momento de la noche se
oía el sonido de la sirena de una ambulancia.

Se había vuelto normal que cada fin de
semana alguien frente a mi casa muriera
accidentado, fuera asaltado o acuchillado
en alguna gresca. Era un infierno. Aunque
vivir en aquel departamento me dejaba a
solo diez minutos del trabajo no aguanté y
tuve que mudarme. Fui a vivir a otra ciudad.
Ayer, leyendo el diario lamenté el caso del
joven agredido en San Antonio por estas
turbas de locos en dos ruedas. Turbas a las
que nadie pone un freno y atentan contra
la vida, turbas que hasta en algunos casos,
te hacen odiar un día de la semana.


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