El juego de los 7 errores…

POR CRISTIAN NIELSEN

Con las disculpas del caso, tendré que ser autoreferencial.

Hice la primaria en un pueblo del suroeste de la provincia de Buenos Aires. Pueblo chico, enclavado en una zona fuertemente ganadera y cerealera. Sus habitantes habían invertido mucho en dos obras fundamentales: el hospital y la escuela provincial. Edificios grandes, a la antigua, ventanas altas, bien iluminados y ventilados. A esa escuela íbamos todos, desde el más solvente al menos acomodado, toda gente de trabajo que fundaba en la educación y en la salud de sus hijos la solidez de la familia.

Las maestras eran implacables. No dejaban pasar nada. En el boletín de calificaciones, las notas de tres para abajo iban en tinta roja. Los cuadernos de deberes estaban llenos de correcciones sin contemplación alguna. Lo que merecía un 10, tenía un diez y a veces, hasta un “muy bien 10” que era motivo de pavoneo.

Las cuatro operaciones, los quebrados y la geometría podían llenarnos el cuaderno con aquella palabra
temible, “mal”, señalando el error. A veces nos advertían con un “pon más atención”. Y un 0 en tinta roja garantizaba un tribunal familiar en el que se exigía explicaciones. Una semana de castigo, sin juegos, sin cine, horas estudiando y haciendo ejercicios. Casi equivalía a prisión domiciliaria con trabajos forzados.

A la distancia, no reconozco en mí ninguno de los síndromes que se supone debió haberme dejado aquella etapa escolar: resentimiento, discriminación, estigmatización o cualquiera de estos terminachos que hoy son usados para justificar el nuevo orden educativo. Como se ve, vengo de una escuela en la que el error se señalaba claramente, abriendo el camino a la enmienda.

Hoy, se minimiza el error e incluso se invita a convertirlo en un juego casi de azar.
¡Cómo extraño aquella escuela de pueblo!


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