Estreyita

Nos quieren ignorantes porque es lo que le conviene a la clase política inmoral y a nuestra "élite" primitiva y saqueadora. La pregunta es: ¿Hasta dónde llega la capacidad de aguantar del paraguayo?

Por Juan Torres | Periodista | Política 

 

No hace falta tener un Máster en sociología e historia del Paraguay para darnos cuenta de que la raíz fundamental de la debacle en la que estamos sumergidos es nuestra falta de educación. Una tela oscura que cubre los ojos de gran parte de la sociedad y la mantiene dopada, algo que los sinvergüenzas que manejan nuestros destinos aprovechan magistralmente.

 

Hay evaluaciones y análisis de sobra. Sabemos cuál es el problema y cuáles son las soluciones. Varios países ya lo hicieron. Pero si no se aplican es porque hay una decisión política acordada con referentes sociales dominantes para mantener el status quo dantesco que nos coloca regularmente entre las naciones con peor sistema educativo y nivel cultural, no solo de la región, sino del mundo.

 

El Ministro de Educación, Eduardo Petta, tras las declaraciones absurdas que realizó intentando justificar el escándalo de los errores groseros en materiales escolares, dejó en evidencia algo que muchos ya sabíamos: está en el lugar equivocado.

 

Él mismo confesó que no era el cargo al que aspiraba en el gobierno. De hecho, soñaba con ser asesor jurídico en Itaipú- lo cual ya daba por sentado- hasta que José Alberto Alderete decidió instalarse un día entero en la residencia del entonces electo Mario Abdo Benítez para convencerlo de que lo “ubique” en otro puesto y poder así “sacárselo de encima”.

 

En un evento por todo lo alto y con tufo sofocante a stronismo, decidieron recordar el 50 aniversario de los libros Semillita y Estrellita, clásicos de nuestra enseñanza primaria. La mirada siempre puesta en el pasado al que se lo quiere pintar como “puro” y mejor. Una época de “paz y progreso” en la que todos debían aceptar los designios del poder.

 

Esa concepción, tal vez inconsciente, quedó plasmada en uno de los hechos que más vergüenza ajena me hayan generado jamás: el prólogo en el que Petta decide incluir como referencia importante que el lanzamiento de un libro coincide con su cumpleaños. Ínfulas de un Napoleón de trópico.

 

La pregunta importante, sin embargo, es si podemos esperar que el pueblo salga en número importante a decirle a la clase política que la cuerda no se puede tensar más y que hemos llegado a un punto límite de nuestra decadencia. Y cuando hablo de pueblo me refiero a la clase media urbana, que es nuestra única esperanza: la clase alta está demasiado cómoda como para intentar patear el tablero y la clase baja, producto de su ignorancia, asume que soportar cualquier cosa menos el hambre es su destino.

 

No hay forma de salir del atraso social y material que nos agobia si no revolucionamos nuestra educación. Mientras en muchos países apuntan a incentivar la creatividad, la resolución de problemas y las habilidades sociales (inteligencia emocional, emprendedurismo etc), aquí celebramos que a los chicos les llegue a tiempo el cuaderno de doble raya. Es la legitimación de la mediocridad y de nuestra pequeñez ante el mundo.

 

Cuando nos preguntamos qué más hace falta para que nos hagamos oír fuerte en las calles, no encuentro respuestas claras. Algunos hablan de que las redes sociales funcionan como un caño de escape de las frustraciones de muchos y que el enojo queda hoy restringido al teclado. Otros resaltan nuestra apatía casi folclórica. Eso sí, es necesario recordar que nuestros compatriotas ya han salido un par de veces a marcarles la cancha a los políticos. El caso más reciente fue la quema del Congreso y, tal vez el más icónico, nuestro Marzo Paraguayo.

 

A veces, cuando parecemos más derrotados, surge una chispa que enciende el fuego de nuestro orgullo y libera toda nuestra rabia contenida. Las rarezas de vivir en una tierra inexplicable como pocas.


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