¿Y estum?

Stephanie Hoeckle
Directora de Oui Oui
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Ordenando papeles para dar espacio a la improvisada oficina que monté en casa durante la cuarentena, encontré una vieja agenda que contenía una selección de historietas de Mafalda. “¿Y estum?”, se preguntaba el personaje creado por Quino ante un cartel que rezaba en latín: “Errare humanum est” (Errar es humano).

No recuerdo por qué guardé aquella agenda, pero esa frase atrajo mi atención, como si estuviera preparada para ayudarme a enfrentar una situación con actitud positiva. Ciertamente, era así. Estaba molesta después de haber escuchado un despersonalizado “se rompió” en casa. Es que me había percatado de que un objeto muy preciado para mí, de gran valor sentimental, presentaba una notable rajadura. Era la evidencia de que sufrió algún golpe, aunque nadie me avisó lo que había pasado, ni se hizo cargo. La única información disponible ante mi reclamo fue simplemente: “Se rompió”. Son cosas que ocurren en la vida doméstica —pensé—. Ya lo dice la frase “Errar es humano”, pero si es tan humano, ¿por qué nos resistimos a dar cuenta de nuestros errores?

Por miedo, vergüenza, necesidad de aprobación o por lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva (cuando nuestra manera de actuar se contrapone a lo que creemos ser) preferimos hacernos los desentendidos, negar y buscar excusas o culpables antes que reconocer los propios errores. Es una actitud que, obviamente, trasciende los límites del hogar. La vemos en todas partes: en el trabajo, en la facultad, en el Gobierno, en los negocios, en la cancha y hasta en el tráfico (casi no se escucha que alguien diga: “Choqué”, reconociendo su culpa; lo usual es “Me chocaron”, sea culpable o no).

¿De qué sirve equivocarse?

Debo admitir que los errores me duelen mucho, quizás sea por perfeccionista, pero no quiero cometerlos. La mayoría de ellos se dan por falta de atención, otras veces por inexperiencia. Reconozco, sin embargo, su utilidad: dejan buenas lecciones.

Lo primero que aprendí es que difícilmente olvide un error que haya resultado bochornoso o tenido consecuencias significativas en mi trabajo o en mi vida. Eso hace que esté más alerta para no repetirlo. Una vez, en mis inicios como relacionista pública, envié una tarjeta de invitación para un evento con la dirección incorrecta. Cuando me percaté del error, el courrier ya había distribuido las invitaciones, por lo que no me quedó otra que llamar a más de cien personas para rectificar la información. Desde entonces, no me canso de preguntar a la gente de mi equipo: ¿Estás seguro de que es la calle y el número del lugar? ¿Podés verificar ese dato? ¡Cuántas metidas de pata se evitan si chequeamos esos detalles!

Otra lección de un error es la necesidad de rastrearlo, es decir, averiguar dónde y cómo se ha generado, para tomar nuevas medidas de seguridad y control. A la vez, eso nos permitirá dar las explicaciones pertinentes a la hora de hacer el mea culpa ante un jefe o un cliente, con la debida aclaración de que no es necesario entrar en detalles o justificaciones, solo explicar, de manera concisa, por qué sucedió. Para quien recibe las disculpas, lo importante es saber que hay alguien que asume la responsabilidad y tiene la capacidad de enmendar su error con un plan de acción o una propuesta de cambio.

Reconocer que nos equivocamos y pedir perdón no nos hace menos profesionales. Al contrario, es probable que quien reciba las disculpas sepa apreciar nuestra honestidad, y así ganemos su confianza. Quienes se ponen a la defensiva o se limitan a dar justificaciones definitivamente tienen las puertas cerradas a futuros trabajos.

Hay errores y errores

Dicen que los líderes deben prever siempre un margen de error entre sus colaboradores, y que eso es saludable porque les permite crecer como profesionales, con el debido cuidado de no poner en peligro la reputación y la seguridad de una empresa.

Una equivocación laboral es aceptable siempre y cuando se haya realizado sin intención, y generalmente se tolera solo una vez, porque si se reitera en las mismas condiciones quiere decir que no hubo aprendizaje por parte del empleado.

Si es tan humano errar, será imposible no equivocarnos. Es parte de nuestra esencia, pero también debemos tener la suficiente capacidad de superar ese mal momento. No en balde decía un humorista que solo es capaz de sonreír ante las consecuencias de un error quien lo asume y descubre sabiamente cómo evitar volver a incurrir en él… o quien simplemente ya sabe a quién echarle la culpa. Convengamos en que siempre será mejor lo primero, aunque resulte muy humano querer acomodarse a lo segundo.


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