Largo, insípido y lleno de omisiones

Fue un buen recuento de inventario, superabundante en detalles y un tanto abrumador. Prima facie, podría decirse que al discurso del Presidente de la República al Congreso no le faltó nada. Detalló cifras, porcentajes, kilometrajes, toneladas, en fin, utilizó todas las medidas de volumen, capacidad, longitud y superficie para dar cuenta hasta el puente más remoto, la última cama hospitalaria instalada, las bolsas de cemento fabricadas y el ahorro en combustibles. Hubo algunos aplausos, intentos de hurras que abortaron enseguida y, en total, una hora y cuarenta y cinco minutos de denso relato de los estados contables de su gestión del último año, aunque con frecuentes menciones a su periodo completo de gobierno hasta el momento.
Fue un buen recuento, repetimos. Lástima que comenzó con un error garrafal y terminó con varias omisiones para nada menores. Se refirió a la situación institucional describiéndola como “una democracia plena con vigencia del estado de derecho”. Pero olvidó varias cosas. Por ejemplo, que las directivas de ambas cámaras que esa mañana lo recibieron se constituyeron en abierta violación de la Constitución, tanto que los presidentes salientes piensan batirse al respecto en terreno de la Corte Suprema de Justicia. No tuvo una palabra de condena para el brutal ataque al Congreso y el no menos bárbaro atraco de un recinto partidario con el asesinato alevoso de un dirigente político. Ignoró olímpicamente la burda violación de la garantía de defensa en juicio de otro joven dirigente de la oposición mientras cuatro de sus correligionarios han debido pedir refugio en el Uruguay en donde, a la vista de tan evidente manipulación política de la justicia, el gobierno de ese país les concedió de inmediato refugio, residencia y documentos. Un hecho vergonzoso que nos remonta a los negros días de la dictadura estronista.
Tampoco tuvo una palabra para explicar el hecho de que la pobreza haya crecido durante su gobierno y, mucho menos, anunciar algún plan orgánico para combatirla. Al contrario de sus cuentas detalladas sobre combustible, viáticos y demás componentes del gasto público, su referencia a la incidencia del delito organizado fue vaga e insustancial. Habló de una “significativa disminución de los delitos de motochorros” mientras las fechorías de estos delincuentes llenan los noticieros de la TV y atestan las cabeceras de los diarios. Olvidó mencionar que el consumo privado, que en el quinquenio anterior a su gobierno había crecido un 5%, durante su gestión lo hizo sólo en un 3%.
Se agradece la transparencia, la austeridad, el ahorro y la honestidad, conceptos que poblaron el discurso. Es lo menos que puede esperarse de un Gobierno: que no robe y que tenga las cuentas claras y a la vista. ¡Ah!, y además que, en lo posible, sea eficiente. Pero hubiera sido más importante que anunciara cómo va a combatir la pobreza, recuperar el poder adquisitivo del salario y garantizar la seguridad de los 7 millones de paraguayos, asqueados de tanto delito callejero, inseguridad y flagrante impunidad. Para eso, ni una sola palabra. Será, seguramente, porque no había nada que anunciar.

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