Nuevos modelos, viejas costumbres

Se está escuchando hablar con mucha insistencia de un “nuevo modelo de Estado”, a influjos de una palabra que se está usando con mucha liviandad: reforma.

Los mejicanos tuvieron una guerra civil de tres años para liquidar el antiguo modelo colonial español y reemplazarlo por un sistema capitalista democrático. Llamaron Reforma al proceso. Aún así, tuvieron que hacer 35 años más tarde una revolución para acabar con la dictadura derivada de la anterior reforma.

Brasil tuvo que levantarse en armas para poner fin al decadente imperio e instaurar la república democrática que hoy lo rige. No diremos que para reformar el Estado paraguayo hace falta una revolución fundada en las
armas, pero sí una que debe operarse al interior del ciudadano.

¿De qué sirve hablar de reforma del Estado si antes no cambiamos nosotros mismos? Las conferencias power point son muy lindas, nos traen figuras renovadas de oficinas flamantes, edificios rutilantes, nuevos órdenes jerárquicos e idílicos medioambientes de servicio público.

Pero, ¿y de qué reforma hablamos si esos recintos con olor a pintura nueva van a ser rellenados con la misma podredumbre de siempre, con las dinastías empotradas en el PGN, con claques sindicales adheridas como parásitos y sobre todo ello, flotando como una enfermedad repugnante, la misma constelación de apellidos enchufados al “Estado licitador” del que se apropiaron como salteadores de caminos?

Empecemos por respetar el concepto de reforma y no tomarnos a todos por idiotas. La verdadera reforma debe ser compromiso de todos, no faena de oscuros conciliábulos.

Es hora de ir adelante con la reforma constitucional de base, no la engañifa coyuntural de los que van al asalto del poder político. En resumen, hablemos en serio, no paparruchadas.


Editorial