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El vicio propio en el contrato de seguro

Los productos perecibles cumplen su destino, que es el de perecer o transformarse, en forma inexorable.

 
 
 

Hablamos entonces de un proceso natural, inherente al ser de la cosa misma. No importa cuánto hagamos para conservar una cosa perecedera en su estado original, esta terminará por cumplir el ciclo de la naturaleza y se terminará degenerandose o transformándose. Por ello, al hablar de la destrucción, hablamos en realidad de la pérdida de aquellas cualidades o condiciones de la cosa que hemos tenido a la vista y que tiene un valor comercial.

Ahora bien, existen casos en los cuales el proceso de destrucción no deviene exclusivamente de la cosa, sino de una combinación de factores, por un lado una condición inherente a la cosa y por el otro un factor externo, cuya existencia o ausencia, puede desatar la pérdida o disminución de sus cualidades. Por ejemplo los daños a granos de soja como consecuencia de su mojadura producto del agua salada del mar que ocasionó el vicio de la misma. En este caso no se produce la certidumbre pues un hecho ajeno, externo e “imprevisto” provocó su daño, por lo que está dentro de la cobertura.

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