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Columnas

Offline y Online

Desde hace años con las nuevas tecnologías, vino a instalarse el miedo a que los medios masivos tradicionales sean reemplazados por los digitales. Decían que diarios y libros desaparecerían, así como la televisión o la radio. Si bien aparecieron nuevos canales, estos no reemplazan a los ya existentes, sino los complementan.

 
 
 

Hoy debería primar la eficacia que se traduce en obtener un excelente posicionamiento y aumentar nuestro market share o cuota de mercado. Si queremos dominar el mercado, contar con alcance masivo es fundamental. Si lo que buscamos es llegar a todos y cada uno de los públicos, cabría que implementemos un mix de los medios y canales disponibles.

No existen fórmulas mágicas, resultan más las estrategias planeadas a medida. Antes que nada, precisamos conocer a nuestro público objetivo; sus motivaciones, sus razones movilizadoras, sus miedos, sus dudas. Una vez que entendamos a las personas, podremos ofrecerles soluciones que se ajusten a sus necesidades.

En nuestro país están muy marcadas las diferencias entre el casco urbano y las zonas rurales, así como también los contrastes generacionales, de gustos y preferencias en cuanto a tecnología se refiere. Por lo mismo, las personas mayores de las zonas rurales, siguen prefiriendo los medios tradicionales como radio y televisión.

En cambio, los jóvenes y adultos, se sienten atraídos por las innovaciones de Internet y las redes sociales. Analicemos dónde está nuestro público prioritario. Si bien hay diversidad y múltiples opciones, un buen planeamiento nos llevará a encontrarlo.

Me quedo con una reflexión de Andy Stalman, especialista en Branding, que nos dice que a medida que el mundo social crece, ya no se conforma con el like, ya que el gustar es incompleto y no tiene futuro, hoy se busca amor, por lo que urge que pasemos del like al love y esto lo conseguiremos integrando lo off y lo online.

 
 

Columnas

Somos todo lo que hacemos

Muchos conocerán la famosa frase de Carl Jung “Eres lo que haces y no lo que dices que harás”, que se encuentra más vigente que nunca antes. Decimos demasiado y hacemos poco. Por más brillantes que sean tus ideas, éstas no valen nada, hasta que se conviertan en realidad.

 
 
 

Analizando el panorama global, podemos constatar que la brecha que existe entre las naciones que tienen éxito y las que fracasan, se ha ido ensanchado. Según James Robinson, profesor de Universidad de Chicago (USA) y Director de Pearson.

Si bien existen factores que influyen en esa diferencia como lo son la cultura, la geografía, los experimentos naturales, la geografía o los recursos naturales. Las que en verdad determinan dónde se ubican unos países u otros, son las “Instituciones”.

Las reglas que creamos y las oportunidades existentes. Los países ricos, tienen instituciones que funcionan, las reglas rigen para todos y fomentan la competencia empresarial.

Convendría que los líderes sean capaces de transmitir empatía, transparencia y confianza.

Estas cualidades son esenciales para generar entornos seguros, donde tengamos algún tipo de garantía de que se está obrando correctamente, sin ánimo de perjudicar a nadie y otorgando a cada persona la oportunidad que se merece.

Solo lograremos forjar vínculos verdaderos, con honestidad y sinceridad, reconociendo nuestras falencias y potenciando nuestros talentos. Debemos enfocarnos en acercarnos a las personas, ofrecerles soluciones y ser empáticos.

Muchos están acostumbrados a evadir reglas o ignorarlas y lo peor es que algunos se sienten felices por considerarse “vivos”. Me gustaría que nos tomemos una pausa y que reflexionemos acerca de la importancia de “hacer”. Que nuestros actos hablen más fuerte que nuestras palabras. Creo que todos estamos cansados de palabras vacías y sin sentido, es hora de actuar en virtud del bien y el desarrollo común.

 
 

Opinión

Empresa familiar: ¿cómo ayudo a mis hijos?

En temas de desarrollo personal y también profesional existe un principio de validez universal y que, con demasiada frecuencia, solemos tener olvidado: “Una ayuda innecesaria es una limitación al desarrollo”.

 
 
 

Hablando de este tema con un empresario familiar, éste me decía: “a la familia le cuesta entender mi actitud de exigir a mis hijos y no facilitarles las cosas. Siento que no estoy actuando bien, si me dedico a quitar las piedras de su camino. La vida de empresario es muy dura y requiere estar acostumbrado a superar dificultades. También suelo hablar con mis hijos de los logros y de las satisfacciones que me da la empresa”.

Otro empresario del sector de electrodomésticos me comentaba orgulloso que podía ir retirándose poco a poco, ya que su hijo y su hija habían sido muy responsables en su etapa de estudiantes y, también ahora, trabajando en la empresa familiar. “Cómo me dolía exigirles que se ganaran todas aquellas cosas que querían! Me hubiera resultado más sencillo tirar de chequera, pero recordaba que el mundo real no es sencillo y que siempre he disfrutado más de aquello, que me ha costado esfuerzo conseguir”.

Si nos consideramos “buenos padres”, porque les facilitamos una vida carente de lucha y de esfuerzo, habremos conseguido que carezcan de la musculatura necesaria ante las dificultades que se van a encontrar en el día a día.

Otro gran principio a tener en cuenta por los Empresarios Familiares es el de “exigir a cada hijo de acuerdo a sus capacidades”. En mi experiencia de muchos años asesorando a empresarios, me he encontrado con muchos fundadores a quienes les aterraba el dicho de “padre, empresario; hijo rico; nieto pordiosero”. No pensemos que se trata de un dicho cualquiera. No es casualidad que se encuentre muy difundido en todos los países e idiomas. Estos empresarios se han tomado en serio educar con el ejemplo a sus hijos y estar disponibles para orientarles y ayudarles en el logro de metas de crecimiento personal y profesional. Es una gozada escucharlos cómo se ocupan de ubicar a quienes quieren incorporarse a la empresa familiar, a cada uno según las capacidades que tiene. Son conscientes de que no todos han recibido los mismos talentos, ni valen para las mismas cosas.

A quienes han solicitado mi ayuda en estos temas les suelo recomendar:

1. Que la finalidad de la familia es generar felicidad y desarrollo personal, aceptando a cada hijo, como es, no por lo que vale;

2. Que la finalidad de la empresa es generar riqueza, desarrollo profesional y unidad;

3. Que la exigencia es el único camino para el desarrollo, tanto en la familia como en la empresa;

4. Que firmar un contrato de trabajo con los hijos y exigir su cumplimiento es muy saludable;

5. Que los hijos deben asumir funciones de un nivel acorde con la responsabilidad, nivel de implicación en la empresa y capacidades demostradas.

Stephen Covey, con la profundidad humana que le caracterizaba, hablaba así del liderazgo: “El liderazgo consiste en transmitir a las personas su valía, de un modo tan claro, que éstas acaben viéndola en sí mismas”. ¡Qué buen programa para un padre, empresario familiar!

Para descubrir la valía de los hijos, en muchos casos será necesario recurrir a muy buenos profesionales. Para transmitir y convencer a los hijos de su valía, es importante demostrarles que damos más importancia a sus capacidades y fortalezas que a sus defectos y limitaciones. Si el padre de Messi hubiera dado mayor importancia a su estatura que a sus capacidades, no hubiera pasado de ser un jugador mediocre. Por último, los hijos necesitan que pongamos a su disposición los medios necesarios para que realicen todo su potencial.

En la actualidad, hay muy buenos profesionales, especializados en evaluar los talentos y fortalezas de nuestros hijos, y también en descubrir aquellas áreas en las que pueden necesitar ayuda, para que no bloqueen el desarrollo de los talentos y fortalezas. Actuando así, el tiempo jugará un gran partido a favor de nuestros hijos, de nosotros y de nuestra empresa.

 
 

Opinión

Innovar, transformar o morir en la era digital

La pandemia parece haber adelantado la llegada del final del ciclo de vida de los modelos de negocio y las fuentes de ventaja competitiva a los cuales estábamos acostumbrados.

 
 
 

Ya antes de la pandemia había indicios de agotamiento de las estructuras jerárquicas y de la baja efectividad de los modelos de negocio y gestión en la generación de valor para clientes y consumidores. En ese sentido, la literatura de gestión ya ha vaticinado, allá por 2018, que, en un horizonte de diez años, casi la mitad de las empresas que cotizan en Fortune 500 dejaría de existir por no lograr adaptarse a una nueva -y cambiante- realidad.

El Foro Mundial de Davos, Suiza, tiene un panel de tecnología. En el año 2020, este panel ubicó la experiencia del consumidor en el centro de todo, enfatizando la necesidad de que las empresas cuenten con una gama más amplia de servicios.

Mucho se ha dicho sobre la transformación digital y la innovación. Hasta se han vuelto trillados estos términos, que han llegado a engrosar el vocabulario del pop management. Sin embargo, sin una adecuada comprensión de lo que está sucediendo en la sociedad contemporánea, las empresas que no tengan la suficiente flexibilidad para adaptarse a los nuevos imperativos de la tecnología aplicada y sus innumerables oportunidades caerán en picada. Las nuevas tecnologías han transformado no solo la red de relaciones económicas, sino también la sociedad y la forma en que vivimos, trabajamos y consumimos.

La supervivencia de las empresas en un contexto tan desafiante requiere una gestión inteligente de la innovación aplicada a la transformación digital. Pero ¿cómo funciona el binomio innovación - transformación digital? Clayton M. Christensen, el padre de la Teoría de la innovación disruptiva, nos permite comprender que la mayoría de las empresas están invirtiendo mucha energía en innovaciones varias orientadas a la eficiencia, pero no la suficiente energía en innovaciones orientadas a la penetración de nuevos mercados.

Según la Teoría de la innovación disruptiva, esa innovación se caracteriza por un proceso en el cual es posible materializar un producto o servicio mediante una tecnología basada en aplicaciones sencillas en la parte más baja del mercado -por lo general por ser menos costosa y más accesible- para luego expandirse a pasos agigantados dentro del mercado hasta constituir una amenaza y/o desplazando para los competidores más asentados.

Dichos productos y servicios suelen ser vistos como poco atractivos al principio, pero con el tiempo se vuelven potenciales transformadores de la industria. Recordemos los inicios de empresas como Uber, Amazon o Netflix.

Por regla general, los estudios basados en la Teoría de la innovación disruptiva apuntan a un nuevo enfoque para comprender el comportamiento de los clientes y consumidores: éstos compran para progresar en sus vidas. Si el árbol nos tapa el bosque nunca comprenderemos que nuestros clientes toman decisiones que consisten en contratar nuestros servicios o adquirir nuestros productos. Así dadas las cosas, difícilmente logremos crear la oferta adecuada para aquéllos. Tal comprensión nos señala el camino al éxito que alcanzaremos gracias a nuestras prácticas de innovación.

Gestionar la innovación desestabilizadora presupone comprender entender la empresa como una cadena de valor, teniendo en cuenta las necesidades cambiantes de clientes, consumidores actuales y potenciales, junto con el incesante avance de la tecnología y sus repercusiones en la vida moderna.

Frente al colapso de los paradigmas actuales, el crecimiento y la vitalidad de las empresas -salvo unas pocas excepciones, como hemos visto en numerosos estudios- se han ralentizado y están poniendo en jaque tanto los modelos empresariales, como las estructuras organizativas, los procesos y la cultura.

Es muy común que las pequeñas y medianas empresas resuelvan sus problemas y enfrenten sus retos con un caballo de batalla que no es otra cosa que el heroísmo de unas pocas personas que -a veces voluntariamente- carecen de metodologías probadas y comprobadas. A medida que estas empresas crecen y sus estructuras se complejizan, lo que se genera es una peligrosa dependencia para con estos héroes. En este momento hay algo que denominamos un despertar de la conciencia digital, porque hay una necesidad de incrementar el rendimiento y la interacción inteligente con el mercado. Esto hace que las empresas comiencen a organizar sus procesos internos de modo tal que puedan codificarse dentro de los sistemas. El resultado no es otro que una mayor madurez digital.

El despertar de la conciencia digital corre por cuenta de la alta administración. No importa el tamaño de la empresa; es esencial tomar consciencia de la necesidad de implantar la cultura digital, que va de la mano de la cultura de lo ágil y de la cultura del error honesto -un error que induce a la innovación-.

Por lo tanto, cuando hablamos de abordar la transformación digital de una empresa nos referimos a la necesidad de trabajar sobre los modelos mentales que prevalecen en el cuerpo directivo. Seguimos avanzando en esa dirección. Pocos ejecutivos sabrán cómo hacerlo. El principal problema es que todo esto es nuevo en el contexto histórico y nunca formó parte de la educación formal que reciben los altos ejecutivos. Los profesionales que ayer tenían el puesto asegurado, hoy caen en cuenta de la necesidad de buscar escuelas de negocios para actualizarse y, por sobre todas las cosas, para comprender cómo posicionar sus empresas en el mercado ante la amenaza que constituyen aquellos competidores más innovadores y capaces de operar digitalmente.

 
 

Opinión

Mariposas exitosas

¿Sabían que las mariposas pasan por cuatro transformaciones en su vida para llegar a desplegar todo su esplendor? Y ustedes, ¿cuántas veces están dispuestas a cambiar para alcanzar sus ansiados objetivos? Les pregunto a ustedes, porque yo ya tengo una respuesta: todas las que sean necesarias.

 
 
 

No creo que a nadie razonablemente sensato le queden dudas de que la capacidad de adaptarse a nuevas circunstancias, por más adversas que sean, es lo que nos permite seguir adelante, creciendo. El éxito –o los muchos golpes de suerte–, cuando llega, es como un vaso de agua, para aliviarnos, hidratarnos y permitirnos seguir adelante: no es el camino, ni la meta (aunque, sin dudas, ¡quién no quiere tener asegurado un termo de agua fría esperándole en el próximo descanso!).

Triunfadores, pero no tanto

¿Mal de muchos consuelos de tontos? Tal vez lo tonto sea pensar que solo algunos sufren los males. Muchas de las personas que consideramos extraordinariamente exitosas han sido en algún momento grandes “fracasados”, han pasado por muy malos momentos, como cualquiera. Veamos algunos ejemplos al vuelo: 1. Dicen que al genio Walt Disney lo despidieron de un trabajo en un periódico de Kansas porque le faltaba imaginación. 2. El escritor Stephen King se enojó tanto por cómo “le salió” su novela Carrie que, apenas la terminó, la tiró completita a la basura. Por suerte, su esposa la rescató y la envió a la editorial. Fue el primer éxito del autor, que lleva vendidos más de 350 millones de libros. 3. La maravillosa Lady Gaga, aunque cueste creerlo, derramó muchas lágrimas al principio de su carrera, porque no conseguía cerrar ni un contrato decente con discográficas. 4. Dejo este punto para que lo completen ustedes con otro ejemplo que conozcan, tal vez el propio.

Un lindo fracaso

Hace poco asistí a una charla virtual para entrepreneurs que tenía por tema central el fracaso. Una de las ideas que más me gustó y que terminó bien asentada en mi agenda fue la del “fracaso con estilo, con belleza”. La mujer que la expuso contó una experiencia personal de una aventura que emprendió con su esposo, ambos de 50 y pico de años, y que los llevó a vender su casa y mudarse de ciudad para iniciar un nuevo negocio. Este resultó un desastre, pero no el resto de la experiencia: aprendieron a disfrutar del nuevo lugar, a valorar la mutua compañía, desarrollaron otros proyectos, encontraron empleos temporales y, cuando pudieron, se mudaron de nuevo a su ciudad de origen. Al volver, eran otras personas, habían aprendido un montón y estaban más unidos y fuertes que nunca, decididos a empezar de nuevo.

La mujer compartió con los asistentes a la charla algunos tips para tener una hermosa experiencia de fracaso (¡sí, así como suena!). Primero, hay que ser valiente para animarse a fracasar, pues eso supone que se ha tenido el coraje de emprender algo en lo que uno cree. Esa misma valentía nos impulsará a levantarnos si tropezamos. Segundo, hay que pensar que un fracaso es más bien un “experimento”, una ocasión de aprendizaje: hay que mirar la experiencia con curiosidad, ver por qué las cosas salieron de cierto modo y qué se puede aprender de ella para actuar diferente la próxima vez. Tercero, no tratar de olvidar el mal rato muy pronto. Aquí no sirve lo de “a otra cosa mariposa”, al contrario, es necesario tener muy presente el hecho, no olvidarlo, volver a él de vez en cuando, como un viejo libro, y hojearlo buscando aprender más y, sobre todo, comprender.

¿Qué hiciste mal esta semana?

La exitosa mujer de negocios Sara Blakely, creadora de la marca de ropa interior Spanx, suele contar en entrevistas que su papá tenía la costumbre de preguntarle siempre qué había hecho mal en la semana y, seguidamente, le preguntaba qué había aprendido con eso. Aunque resulte un poco chocante la actitud del hombre, ella explica que su padre lo hacía con mucho cariño, para enseñarle a perderle el miedo al fracaso y alentarle a animarse a intentar nuevas cosas.

No recomiendo poner en práctica el viejo método del padre de Sara, pero propongo algo parecido, en una versión más agradable y positiva: preguntarme “¿qué aprendí esta semana?”. Mi respuesta la escribiré en lo que tenga a mano, una agenda, un postit, el celular o en la compu. Al cabo de un tiempo, tendré una interesante colección de aprendizajes significativos que seguro me animarán a seguir intentando conseguir mis metas a pesar de mis errores y nuevos fracasos.

Hablando de transformaciones

Las mariposas se transforman de huevo en larva, luego en pupa y, finalmente, en imago. Ese es su ciclo vital. En cambio, nosotros, los humanos, nos transformamos continuamente durante toda la vida, sobre todo después de cada fracaso. Ante cada nuevo problema o caída, usamos nuestra inteligencia para aprender, cambiar de estrategia y adaptarnos. Y, a veces, cuando ponemos todo nuestro empeño en lo que hacemos, con voluntad, determinación, ingenio y mucho amor, hasta puede que nos broten alas.