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Editorial

Un cáncer que nos roba energía

Nadie pierde su cargo público ni va preso por vivir prohijando, desde el Estado, el contrabando. Una verdad dolorosa como pocas.

 
 
 

El pronunciamiento de una treintena de gremios de la producción, la industria, el comercio y los servicios tiene una base estricta desde lo económico. Y es que el contrabando ha sido y sigue siendo una enfermedad que limita el crecimiento y condiciona las inversiones importantes. Como en muchos otros aspectos, es difícil cuantificar el impacto del contrabando tanto el de importación como el de exportación. El Estado paraguayo ha demostrado hasta ahora incapacidad o, tal vez peor aún, desinterés por poner en números el daño que produce la ilegalidad al comercio exterior paraguayo.

Hay una raíz histórica que lo explica. Durante la colonia, los criollos le peleaban el mercado a los monopolios que la corona española otorgaba graciosamente a los apellidos “patricios”. Durante el aislamiento francista, la lucha era contra el Estado que lo concentraba todo, desde las estancias hasta la importación de enseres y mobiliarios. También se peleó, avanzada la vida independiente, contra los puertos precisos argentinos. En el presente, el contrabando se volvió una forma de vida para miles de personas con la permisividad de gobiernos que, como la dictadura, veían en esa actividad “el precio de la paz”. Hoy es el rebusque de gente sin trabajo y sin formación para moverse en la formalidad. En ese pantano, mientras la mayoría subsiste, unos pocos labran inmensas fortunas a costa de un Estado empobrecido por la delincuencia de cuello blanco.