Es imperativo reformar el Banco de Fomento

Es  curioso –por decirlo suavemente- el papel jugado por el Banco Nacional de Fomento en el affaire del israelo-brasileño naturalizado paraguayo Darío Messer, requerido por la justicia  brasileña en relación a un esquema de lavado de dinero en el que se vieron envueltos bancos y operadores paraguayos sobre quienes se ha iniciado una investigación.

Es comprensible que un banco comercial busque el lucro en su operatoria y asuma los riesgos propios de su quehacer de intermediario financiero. Al fin y al cabo, cualquier pérdida contingente es absorbida por sus accionistas y eventualmente por sus clientes. Pero un banco estatal, que lleva el pomposo calificativo “de fomento”, tiene la obligación de cuidar con esmero sus acciones porque, al menos en teoría, la razón de su existencia es poner al alcance de los paraguayos créditos para el desarrollo. En esa tarea, la salud de su patrimonio y de sus estados contables es imperativa, salud que ahora queda en entredicho al menos hasta que se aclare en qué medida puede haber sido dañada la red por la que pasaran los activos tóxicos del “caso Messer”. Triste destino el del BNF. Fundado en 1961 para impulsar “el desarrollo intensivo de la economía”, tuvo el primer “clavo” histórico en 1968, cuando una caterva de vivillos usó créditos destinados al plan del trigo para llenarse los bolsillos. Décadas más tarde, el patrimonio del banco sufriría otro golpe similar con los millones tomados por camioneros (mal llamados “transportistas”) que compraron buses con plata del Estado y jamás la devolvieron. Y ahora, el caso Messer. Patético.

Es urgente la reforma completa del BNF. Hace falta sacarle su obsesión por el mercado comercial y enfocarlo más hacia el verdadero fin para el que ha sido creado.

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