Matoneo institucional

Por Marc Eichmann

 

Todos estos errores son esto, errores, y normalmente los castigos se limitan a una multa.

En el transcurrir de la vida todos cometemos errores. Ya sea porque estamos de prisa y nos volamos un semáforo en rojo, porque respondemos la llamada importante que recibimos en una sucursal bancaria, no separamos la basura en casa o buscamos amigos en la fila para que nos dejen colar. Todos estos errores son esto, errores, y normalmente los castigos se limitan a una multa o una acusadora mirada social. En ocasiones, estos pequeños errores generan castigos desproporcionados.

El policía de turno, de manera ilegal, nos depara una noche en la comisaría, el guarda del banco nos confisca el celular o nos sacan del teatro. En estos casos, a pesar de que cometimos un error, tenemos derecho a que el castigo sea proporcio­nal, sobre todo si este último se puede interpretar como un abuso de autoridad.

El caso de Luis Felipe Gómez, despe­dido por Avianca por recibir un brindis en un estadio en el Mundial de Rusia, refleja más la historia del abuso de autoridad que la de cometer un error.

Con seguridad el desproporcionado castigo de Avianca, según la compañía basado en el compromiso con sus va­lores, tiene pensando a sus pilotos y sus empleados en qué tan desarrollado está uno de los valores más indispensables en una compañía: su humanidad.

La inflexibilidad demostrada, el asumir de manera unilateral la condición de juez supremo sin siquiera escuchar al implicado, iguala a la compañía con el guarda de la sucursal bancaria que decide confiscar un celular, eso sí me­diando una indemnización por despido injustificado, léase bien, injustificado.

Los casos de matoneo institucional son más condenables si se realizan con la aquiescencia del Estado.

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