Sociedad adolescente

Una sociedad adolescente se dife­rencia de otra en proceso de madu­rez por su incapacidad para generar una visión estratégica de las cosas y para ajustarse a los planes en ella contenidos. La sociedad adolescente vive apenas para el hoy, apagando incendios y repitiendo una y otra vez esquemas de ineficiencia e im­previsión. Estamos a un paso de en­trar a la tercera década del siglo XXI y todavía seguimos preguntándonos qué sociedad nos conviene, qué mo­delo de economía nos calza mejor o cuál es el país, en suma, que todos queremos. Vamos a cumplir 207 años de vida independiente y hay cuatro millones de paraguayos que todavía no están seguros si la demo­cracia es la mejor forma de gobierno o si acaso una “mano dura” no sería mejor para encarrilar el país.

Hace unos días reflexionábamos acerca de lo difícil que es para los paraguayos enfrentar los cambios que impone el mundo de hoy. Y así como nos cuesta enfrentar lo nuevo, también se nos hace cuesta arriba pisar el acelerador en emprendi­mientos que signifiquen la incorpo­ración de formas más eficientes de hacer las cosas.

Uno de esos escenarios se da en el mundo de la energía. Nos gusta definirnos como “el primer expor­tador de energía eléctrica limpia y renovable del mundo” sin reparar en el contrasentido que ese enun­ciado encierra. Un quinquenio atrás estuvo por el Paraguay Jeffrey Sachs, gran gurú de la economía, quien se detuvo un instante a vaticinar que nuestro país podría convertirse en el primero del mundo con una eco­nomía de “cero carbono”, agregan­do que la electricidad no sólo puede mover industrias sino también el transporte público. El caso que le hicimos a tan sensato consejo es de colección. No sólo le dimos por esos días un fuerte puntapié en el trasero a los inversionistas de una industria electro intensiva para fabricar lin­gotes de aluminio, sino que también decidimos que el primer Metrobús se movería no a energía eléctrica, como todos creíamos, sino a gasoil. Es decir, desechamos una industria que podría haber dado lugar a otras industrias y preferimos seguir es­clavos de hidrocarburos que no te­nemos en lugar de utilizar la energía eléctrica que producimos y regala­mos a manos llenas. Visión estraté­gica: cero.

En los años ‘90 del siglo pasado se puso en marcha el proyecto de un gran gasoducto que, partiendo de los grandes yacimientos de Bolivia, llevaría gas natural a Brasil, pasando por el Paraguay. Pero los mentecatos de turno, en función de gobierno, se encargaron de que el gasoducto die­ra un rodeo y “esquivara” nuestro territorio para terminar en el gran cinturón industrial de San Pablo. Más de 3.100 kilómetros de un sis­tema que hoy alimenta al corazón fabril brasileño con 30 millones de metros cúbicos diarios de gas natu­ral. Así quedamos al margen de una fuente de combustible de uso domi­ciliario que puede ser hasta un tercio más barato que el gas licuado que hoy consumimos.

Históricamente, a nuestros gober­nantes les ha alcanzado apenas para “el diario”, es decir, producir lo que se va a consumir en el día. ¿Y maña­na? Eso significaría pensar mucho y, sobre todo, planificar obras que sólo podrían inaugurar otros Gobiernos. Eso es pedir demasiado a políticos cortos de miras, de bolsillos profun­dos y provistos de una mezquindad a toda prueba.

Por eso seguimos siendo una socie­dad adolescente.

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