Solidaridad, un valor femenino

Stephanie Hoeckle – Directora Oui Oui
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Meses atrás, desarrollando un proyecto para un cliente, investigaba sobre el concepto de solidaridad, que la Real Academia Española define como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Al pasar del diccionario a internet, encontré un foro donde alguien, aplicando el motor de búsqueda Google, ya se había tomado el trabajo de contar en la web cuántas páginas se habían publicado con la palabra solidaridad y cuántas de ellas estaban relacionadas con los términos mujeres y hombres. La búsqueda, realizada tanto en castellano como en inglés, arrojaba un resultado que la mayoría intuimos: somos más solidarias que los varones o, al menos, tenemos más publicaciones relacionadas con la solidaridad en el mundo virtual.

No quiero entrar a dar cifras ni ahondar en ese debate, porque lo que me interesa rescatar de esa anécdota es una duda que tengo sobre nuestra manera de ser solidarias. Somos sensibles y capaces de sacar ropa del placard para donarla a los damnificados, siempre tenemos disponibles algunas moneditas para la alcancía de alguna fundación y hasta podemos brindar nuestro tiempo para trabajar una vez a la semana en un comedor comunitario, pero… ¿qué tan solidarias somos entre nosotras a la hora de ponernos en el lugar de otra mujer y brindarle apoyo?

Contra las estadísticas

Las estadísticas podrán favorecernos como solidarias, aunque en la vida cotidiana hay ejemplos que me hacen cuestionarlas. Recuerdo que años atrás, cuando todavía era una trabajadora dependiente, una colega muy bonita logró un ascenso. Tenía el mejor currículo y el perfil para ese cargo, todos lo sabíamos, pero nadie se acordó de eso cuando anunciaron su promoción. Al enterarse, las compañeras fueron las primeras en sembrar la sospecha: algún “acuerdo tenía con el jefe. ¿Te parece conocida esa situación?

Otra del trabajo: “Que no te toque una jefa mujer, son las peores”, solía decirme una excompañera de facultad que estudiaba y ya trabajaba. La verdad es que me tocó una jefa de la que guardo los mejores recuerdos, pero también es cierto que hay mujeres con cargos de poder que perpetúan las diferencias que hoy hacen que ocupemos menos cargos directivos o que ellos ganen más que nosotras trabajando en los mismos puestos y condiciones.

Conozco a una empresaria que prefiere contratar a hombres antes que a mujeres con hijos o en edad fértil, pese a que ella es madre y sabe lo que implica ejercer varios roles a la vez. Es indudable que el embarazo, los permisos de maternidad y las ausencias por enfermedades de los hijos generan problemas en el trabajo, tanto para la empresa como para los compañeros. Hasta que las tareas para una mamá y un papá sean más equitativas con respecto a la administración del hogar y la crianza de los hijos seguiremos en esa situación. Mientras lo vamos logrando, ¿no sería más práctico ayudarnos entre mujeres? Está demostrado, por ejemplo, que brindar cierta flexibilidad laboral ayuda a retener los talentos y genera un mayor compromiso por parte de los trabajadores.

En la tarea de ser solidarias no pensemos solo en cómo nos tratan nuestras jefas laborales. ¿Y por casa cómo andamos? La señora que nos ayuda en la limpieza o con los chicos, ¿gana lo justo?, ¿respetamos sus derechos laborales? La solidaridad de la que hablamos es necesaria en todos los espacios de nuestra vida y debe ser bien entendida. No se trata de cubrir a alguien que no trabaja o no aporta por el hecho de ser mujer, sino de contribuir a que podamos crecer todas juntas y sentirnos mejor.

 

Basta de rivalizar

En otro aspecto en el que las mujeres debemos trabajar es en desterrar rivalidades que no tienen sentido. ¿Por qué nos preocupa tanto que alguien sea más flaca, más joven, más atractiva, más inteligente o que haga una torta más rica? Vivimos haciendo comparaciones odiosas que nos terminan enfrentando y debilitando. Cada una es como es, tenemos que aprender a sentirnos bien con eso. Es una meta difícil en una sociedad que nos pide demasiado, pero empecemos al menos por reflexionar y dejar de exigirnos por demás.

Tanto hablar de solidaridad me llevó a descubrir otra palabra que desconocía: sororidad, una voz del feminismo, definida como una relación de hermandad y solidaridad entre las mujeres buscando generar cambios que promuevan su empoderamiento. Habrá que empezar a utilizarla y, lo que será mejor, a ponerla en práctica.

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