Continuar, antes que empezar

¿Qué determina que tengamos el aguante necesario para concretar lo que nos proponemos?

NARUMI AKITA
Socia Adec

En la ciencia deportiva existe un término fascinante denominado stamina, que es la capacidad de resistir física o mentalmente durante largos periodos de tiempo. Es lo que caracteriza a los atletas de alto rendimiento. Sin stamina no hay aguante.

Si la capacidad de sostener el esfuer­zo, sin decaer en el tiempo, es lo que marca la diferencia en el deporte, ¿será que el mismo principio aplica a cómo gerenciamos, lideramos y hasta enfrentamos desafíos como país?

Vivimos en una cultura donde el inicio es más aplaudido que la perseverancia de la mitad del camino. Pero un principio sin con­tinuación es una mentira; una inauguración sin un posterior cuidado es apenas una in­tención; una firma de convenio sin compro­miso por los resultados es un fingimiento; una pérdida de peso radical sin un régimen de mantenimiento es un cambio efímero; una boda rimbombante sin un matrimonio sólido es pura fachada; un discurso prome-tedor sin voluntad diaria de implementación es, coloquialmente hablando, vender humo.

A veces empezamos el camino con nobles intenciones, y lo que ocurre es que buscamos velocidad y no consistencia, novedad y no permanencia, entonces nos quedamos sin aire, sin fuerzas, sin stamina. Prestamos demasiada atención a los inicios, descuidando desarrollar el pulmón de la continuidad. Esa es una de las causas por la que mueren los proyec­tos y las empresas… no se enfocan en el aguante, no sostienen sus esfuerzos en el tiempo, no terminan lo que empiezan.

¿Cómo aumentamos nuestra stamina? El secreto radica en presentarse diariamente a entrenar, incluso cuando los músculos duelen o el ánimo está decaído. Nuestra resistencia determina la cantidad de tiempo que podremos estar inmersos en una tarea. Cuanto menos resistencia, más rápido nos rendimos. Es cierto que nos atrae lo novedoso, pero hoy cabe preguntarnos: ¿cuál es la tarea que deberíamos continuar?

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