Los chilenos no le creen a Francisco

Con el papa Francisco en Chile resur­ge el rol que cumple la Iglesia Católica en las naciones de América Latina. Se­gún la última medición de la consultora chilena Latinobarómetro, son diez los países que tienen mayor confianza en la Iglesia, en orden ascendente: Colombia, Venezuela, Nicaragua, Panamá, Bolivia, Ecuador, R. Dominicana, Guatemala, Paraguay y Honduras. Ahora bien. ¿Qué debe entenderse por confianza? Según la consultora, una institución es con­fiable cuando cumple sus promesas, es decir, “cuando hace lo que dice que va a hacer y los ciudadanos pueden anticipar ese suceso con certeza”. Esa es la razón por la cual los partidos políticos, el Con­greso, el Gobierno y la Justicia tienen tan exiguos márgenes de confiabilidad en América Latina.

¿Y la Iglesia Católica? Mientras en los diez países señalados el grado de acep­tación y confianza oscila entre los 71 y los 76 puntos sobre cien, en Uruguay ese porcentaje cae a 41% y en Chile se derrumba a 36%. Lo de Uruguay se ex­plica por una rancia tradición oriental de laicismo en la manera de manejar todo, desde la educación hasta la ges­tión pública. Los uruguayos son un Es­tado no confesional desde inicios del siglo XX. Los presidentes no juran sobre la Biblia, no se admiten crucifijos en los hospitales públicos ni en las escuelas y liceos públicos, no hay capellanes en las Fuerzas Armadas, no se reconocen los casamientos religiosos, el divorcio es un derecho antiguo y el matrimonio igualitario se admitió sin turbulencia al­guna. En Chile, en cambio, el panorama es más complejo. Según datos de 2015 recogidos por la evaluadora Adimark GfK, el 52% de los chilenos decía ser ca­tólico aunque apenas el 27% se confesa­ba practicante habitual. El 30% no tenía ninguna confesión y el 18% restante se repartía entre una docena de religiones y cultos diversos. Aun así, el estudio indi­ca que durante los últimos cuatro años, el peso de la religión católica ha estado aumentando. Entonces, ¿por qué es tan exigua la confianza de los chilenos en la Iglesia Católica? Los chilenos tenían pendiente, al parecer, una vieja factura que le pasaron a Francisco antes aún de que éste tocara tierra trasandina. A las protestas, burlas y manifestaciones de todo tipo se sumaron declaraciones de activistas chilenos contra los abusos de los curas pederastas. El pedido de per­dón y las lágrimas del Pontífice en su primer oficio en Chile al parecer no bas­taron ni convencieron. “Necesitamos actos concretos, que el Papa no toma en la Iglesia chilena, contra los abusado­res”, dijo a una agencia noticiosa Juan Carlos Claret, vocero de la asociación de laicos de Osorno, que lucha para que se expulse al obispo Juan Barros al que acu­san de ser encubridor de uno de los casos de pederastia más sonados en la Iglesia chilena, el del sacerdote Fernando Kara­dima. Los chilenos parecen resumir un sentimiento que ya es transversal a toda América. La religión es un dominio in­material que no debiera invadir lo con­creto y de cuya atención se encarga el Estado. Por lo tanto, no hay que esperar de la religión más que una asistencia es­piritual, que no es poca cosa. Es cuando abandona su dominio natural y se mete en lo cotidiano cuando se producen es­tos episodios lamentables que desnu­dan el hecho de que la Iglesia ha sido históricamente refugio de gente con se­rios trastornos de la personalidad -y con conductas repulsivas e inmorales- que se prevalecen de su situación de poder para vejar, humillar y arruinarle la vida a demasiada gente. Quienes tienen la religión en alguna estima, y los católicos están entre ellos, esperan de Francisco algo más que unas lágrimas y un pedido de perdón. Esperan hechos concretos, es decir, que barra visible y comproba­blemente con la inmoralidad al interior de su organización. “Apenas” eso. Ah, y que los degenerados mimetizados en curas comparezcan ante la Justicia, como cualquier ciudadano. Aquello de la “justicia divina” es muy creativo y poé­tico pero no cumple con el Código Penal.

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