Ganadoras y perdedoras

STEPHANIE HOECKLE
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DIRECTORA OUI OUI

Mariana y Patricia son jóvenes ejecutivas de ventas y compañeras de oficina, con similar formación y antigüedad en la empresa. Cada una maneja su propia cartera de clientes, pero esta vez su jefe les ha encomendado ir juntas a visitar a un cliente que consideran “difícil”. Ambas se reunieron para preparar la propuesta comercial, aportaron sus ideas, aclararon dudas y hasta pudieron hacer un ensayo de su presentación. Sin embargo, hay una diferencia notable entre ellas: Mariana confía que el cliente aceptará la propuesta y Patricia está convencida de que será un tiempo perdido.
¿Qué hace que estas dos mujeres en igualdad de condiciones para ofrecer una propuesta comercial se sientan una ganadora y la otra perdedora? La respuesta está en la actitud, en ese estado mental que refleja nuestra disposición frente a un desafío. Las personas podemos ser muy distintas, tener ventajas frente a otras o sufrir limitaciones (físicas, sociales, académicas, culturales), pero es nuestra actitud la que nos define como positivas o negativas.
La mala noticia es que tendemos naturalmente a valorar más lo negativo. Se estima que de los 60.000 pensamientos diarios que generamos, la mayoría son negativos, y que focalizamos más la atención en los sucesos desagradables que en los agradables (por eso recordamos mucho más lo malo que lo bueno que nos pasa). Afortunadamente, también hay una buena noticia: podemos ser conscientes de esa realidad y poner en práctica estrategias para cambiar de actitud en los diferentes ámbitos de nuestra vida. En el terreno laboral, que es el campo que nos compete en esta columna, es bueno identifi-car primero cómo somos en nuestro relacionamiento laboral y qué podemos transformar en pos del bienestar propio y común, ya que un cambio de actitud personal repercute significativamente en lo colectivo.

¿QUIÉN GANA, QUIÉN PIERDE?
En la oficina gana quien se anima a preguntar, tiene iniciativa, es proactivo, busca soluciones aunque a veces se equivoque, asume sus errores, pide disculpas y vuelve a intentarlo, trabaja en equipo, respeta a sus compañeros, se queja menos, tiene predisposición para aprender, busca crecer, reclama con argumentos, dice más “sí” que “no”, disfruta de lo que hace, no se victimiza, es perseverante, confía en sí mismo, centra sus esfuerzos en el intento, puede delegar, tiene una voluntad abierta al cambio y se compromete con las metas laborales, poniendo el esfuerzo en hacerlo lo antes posible, a sabiendas de que no siempre lo logrará.
Por el contrario, tener una actitud perdedora es limitarse a permanecer en la zona de confort, hacer el mínimo esfuerzo, tener un “no” de antemano, dar excusas por algo que no se hizo, echar la culpa a los demás o a la mala suerte, sentirse frustrado, cansado y poco comprometido, ver solo los problemas, quejarse, enojarse sin razón, resistirse a los cambios, eludir responsabilidades, no escuchar a los demás, estar malhumorado, tener miedo y dejarse llevar por los prejuicios, entre otras prácticas.
Como en la vida no todo es blanco ni negro, habrá que ser coherentes y decir que no siempre nos sentimos completamente ganadores ni perdedores, aunque tendemos a seguir un patrón. Ahora bien, ¿de qué serviría abordar el tema de la actitud, si esta no pudiera mejorarse?, se pregunta el doctor Juan Pablo Aguilar en su libro Reingeniería actitudinal: La ciencia y el arte de potenciar la actitud, quien expone algunos puntos in-teresantes sobre los cuales reflexionar.
PRODUCTIVAS Y REDUCTIVAS
En palabras de Aguilar, cada persona puede reorientar su actitud y elegir si quiere que sea productiva (con mejores y más gratos resultados) o reductiva (con resultados poco agradables). ¿Qué pasa si coinciden una persona con actitud productiva y otra con actitud reductiva en un mismo espacio laboral?
Pues, se impondrá aquella que sea más intensa. Por eso, el autor recomienda a quienes administran recursos humanos tener en consideración las actitudes de las personas para procurar que a la hora de formar grupos de trabajo la actitud productiva tenga mayor intensidad o prevalezca. “En estos casos no aplica el dicho de que la manzana podrida estropea al resto”, refuerza.
La actitud, por lo general, también es contagiosa, ya que tendemos a transmitirla a quienes nos rodean, aunque para eso debemos aplicarla nosotros primero. En muchos casos, señala Aguilar, hay líderes que buscan que sus equipos de trabajo tengan una actitud productiva, cuando en realidad ellos son reductivos. Encontramos, además, que una persona puede mostrar distintos tipos de actitudes dependiendo del ámbito en que se encuentre. Hay gente con actitud productiva en el trabajo, pero con una actitud reductiva en la familia. Según los expertos, la realización profesional y personal suele basarse en qué tan buenos somos para encontrar un equilibrio entre estas versiones de uno mismo.
Si somos capaces —como personas y como empresas— de analizar nuestras actitudes y de hacer una reingeniería, como propone Aguilar, trabajaremos mejor y nos sentiremos más felices en lo que hacemos.
El éxito de un emprendimiento depende en gran medida de la condición interior de las personas que deben impulsarlo. No en vano el 90% de los problemas que tienen hoy las empresas está relacionado con el modo de ser de sus colaboradores.

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