De cara a la anunciada reforma fiscal

Por Horacio Sánchez Pangrazio
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Cuando escuchamos las palabras “reforma fiscal” nos duele el bolsillo de antemano. Pero no siempre es justa y razonable la reacción visceral: de ser encarada de manera provechosa, cualquier reforma brinda la posibilidad de mejorar un sistema para volverlo más atractivo a los inversionistas y, por sobre todo, para otorgarle mayor bienestar a la ciudadanía. El propio pasado reciente del Paraguay es testigo de ello.

En ese sentido, gracias a su estabilidad macroeconómica y a las bondades del sistema fiscal vigente, el país puede ser calificado actualmente como un “paraíso para los inversionistas”. Ciertamente, todavía quedan muchas cosas por mejorar, pero el marco de estabilidad macroeconómica y de políticas fiscales y legales que favorecen a la inversión y al consecuente crecimiento, debería ser consolidado e incluso potenciado. La modernización del sistema fiscal es un elemento importante para lograr tal cometido.

Una reforma benéfica

Dar nitidez y precisión a las normas de control de precios de transferencia, es una medida que nos hará más competitivos. A través de este tipo de normas, se fijan métodos objetivos y claros para calcular los precios de los bienes o servicios que deben asignarse a empresas vinculadas entre sí, ubicadas distintos países. Estos precios deberían ser los mismos que se pagan en el mercado por bienes o servicios similares a terceras partes no vinculadas. La falta de normas precisas en este campo pone en desventaja a nuestro país: sin reglas de cálculo en las cuales el contribuyente pueda ampararse, queda sujeto al criterio más o menos discrecional de la administración, que a su vez tampoco cuenta con un marco claro para efectuar valoraciones.

La red virtuosa sin doble tributación

Evitar la doble tributación económica sobre las rentas sería un incentivo para que las empresas paraguayas reciban más inversión. Para eso resultaría muy positivo establecer normas objetivas de exoneración de dividendos por porcentaje de participación o por montos de inversión directa o indirecta, en sociedades ubicadas en el país.

Asimismo, la percepción de terceros respecto a nuestro país mediterráneo siempre ha representado un reto importante. En ese sentido, cualquier reforma fiscal debe realizarse en el marco de un sólido compromiso; hacer llegar las ventajas existentes -de ser mantenidas- a otros países. Un elemento básico para lograrlo es la firma y ratificación de Convenios para evitar la Doble Imposición (CDI). Actualmente, sólo se encuentra en vigencia el Convenio firmado con Chile. Habría que lograr la firma y ratificación de convenios similares con países que cuentan con una red importante de CDI con otros países del mundo. Generaríamos una red capaz de captar más inversiones. De ese modo, España, Reino Unido o Países Bajos -por citar algunos ejemplos- podrían ser plataformas de inversión de otros países hacia el Paraguay.

Así se forjó la estabilidad

Para comprender que existen reformas fiscales benéficas, basta revisar el pasado reciente de nuestro país y ver cómo se construyó la estabilidad macroeconómica que hoy sustenta la expectativa de desarrollo.

La reforma de 2004

El escenario económico y social que antecedió a la reforma fiscal que tuvo lugar en el año 2004 se caracterizaba por no ser el ideal para el desarrollo. El Paraguay había atravesado por un periodo de nulo crecimiento económico entre los años 1997 y 2002, con una caída acumulada en el PIB per cápita del 15%, según informes del Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo al cual el gobierno paraguayo recurrió para negociar un acuerdo que le ayudase a evitar un empeoramiento de la crisis. El resultado de esas negociaciones fue el acuerdo denominado “Stand By”, que proponía el ordenamiento macroeconómico como una cuestión clave.

Entre las causas de la situación, se puede mencionar la reducida inversión en la economía y su poca diversificación, además de altos grados de ineficiencia en el gasto público, sumados a un importante nivel de evasión y elusión impositiva, con el resultado de una pobre recaudación con déficits fiscales. Antes del 2004, la tasa general del Impuesto a la Renta de Actividades Industriales, Comerciales y de Servicio (IRACIS) era del 30%, muy alta para una economía pequeña que se encontraba constantemente amenazada por los vaivenes del contexto regional.

Entre otras cosas, la reforma del 2004 redujo las tasas del IRACIS de manera progresiva, pasando del 30 al 20% en el 2005, para luego quedar reducida a la tasa general que tenemos actualmente, del 10% sobre las utilidades netas. También fue modificado el Impuesto a la Renta de las Actividades Agropecuarias (hoy en día IRAGRO) y se creó el Impuesto a la Renta Personal (IRP), con tarifas generales máximas del 10% sobre las ganancias netas -este último entró a regir recién en el 2012-. Así, se configuraban los delineamientos del sistema basado en tarifas generales del 10% para los principales impuestos directos, al igual que el principal impuesto indirecto, el Impuesto al Valor Agregado (IVA).

Superavit y formalización

El saldo neto de aquella reforma fiscal fue un éxito. Con una reducción en las tasas impositivas del principal impuesto directo y una ampliación de la base tributaria, la recaudación se incrementó, alcanzándose incluso posiciones fiscales de superávit entre el periodo de 2004 al 2008 que promediaban el 1,1% en relación con el PIB. Además, se logró un importante avance en la formalización del país, que, sumado a las demás políticas monetarias adoptadas, establecieron las bases favorables para un crecimiento sano de la economía y para el desarrollo.

Adicionalmente, las reformas permitieron al Paraguay tomar ventaja de la situación favorable que ofrecían los mercados internacionales en ese entonces, pues a las bajas tasas internacionales de interés, se sumó el constante aumento del precio internacional de la soja, que pasó de valer USD 180 por tonelada en el año 2000, a picos donde registró el valor de USD 557 por tonelada en el año 2013. Naturalmente, esta situación generó un flujo de inversión hacia nuestra región, lo cual tuvo como consecuencia un auge en la agroexportación y en el crecimiento de otros sectores de la economía.

En conclusión

El escenario de 2019 es distinto al de 2004. Esta reforma fiscal resulta una oportunidad perfecta para mejorar las condiciones actuales. Eso no implica necesariamente un aumento en las tasas de los impuestos o nuevos impuestos ya que, con niveles sanos de presión fiscal, mejores controles y con una optimización del gasto público, se obtienen resultados superiores y se logra una mayor confianza por parte del contribuyente, lo cual se traduce, a fin de cuentas, en un aumento en la calidad de vida para todos los ciudadanos.

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