El mundo al revés

Nos sobra energía pero nos falta gestión.

La ciudad de Rosario fue un tiempo conocida como la Chicago argentina por el alto nivel de  violencia gangsteril que trepidaba en sus calles, característica que mantiene hasta hoy. Pero pocos se enteran de que esta ciudad tiene una de las redes de transporte eléctrico de superficie más extensas de América Latina, los denominados trolebuses.

Con o sin crisis energética, Rosario opera sus vehículos eléctricos desde hace casi 60 años. A la capital chilena  los seguidores del cantautor  castrista Silvio Rodriguez les gusta recordarla con aquella trova que describe las “calles de Santiago ensangrentada” tras el pinochetazo de 1973. Sin embargo, esta ciudad vigilada por la severa masa del cerro San Cristóbal, es cruzada hoy por el complejo de transporte Transantiago, que ha empezado a migrar hacia los buses eléctricos.

Y eso que Chile tiene una compleja matriz energética, la mitad alimentada por usinas térmicas (gas, carbón, petróleo) y la otra mitad por fuentes renovables. Sólo el 30% es hidroenergia.  En Uruguay, que va a la cabeza en el continente en generación de electricidad de fuentes eólicas y fotovoltaicas, el aeropuerto de Carrasco se convertirá en el primero de América Latina alimentado con paneles solares.

En general en todo el  continente se está girando lenta pero progresivamente hacia la generación de electricidad de fuentes limpias y hacia su uso creciente en todas las actividades humanas. En el Paraguay, hace 36 años disfrutamos de soberanía energética de fuentes renovables y amigables con el medio ambiente.

Pero seguimos con buses  movidos  a diésel mientras Itaipu, la madre de todas las represas hidroeléctricas, reparte cocinas a gas en garrafas que garantizan dependencia de combustibles importados y contaminantes. El mundo al revés.

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