Un hálito del medioevo en Nueva York

Los fundamentalistas, casi siempre religiosos, ponen la superstición y las creencias místicas por encima de la racionalidad científica.

“La ciudad de Nueva York exige vacunas contra el sarampión. ¿Pueden las autoridades hacer eso?” se pregunta­ba The New York Times en su edición de ayer. Parece increíble que un tema tan básico de salud pública tenga se­mejante abordaje en un medio de tanta pene­tración como el Times, que agrega que si bien la vacunación obliga­toria “es rara” ya se la ha hecho en el pasado, incluso mandato judi­cial de por medio. Hasta se ha llegado a multar a aquellos ciudadanos que se han negado a inmunizarse contra enfermedades de trans­misión extrema como el sarampión.

Eso mismo ocurre hoy en Brooklyn en donde han aparecido casos de esta enferme­dad que generaron un interdicto fulminante de la alcaldía. “Quienes no vacunen a sus hijos o nieguen hacerlo ellos mismos, serán multa­dos con 1.000 dólares”.

¿Qué ocurrió en Nueva York? ¿Un descuido en la salud pública? ¿Cómo puede rebrotar de golpe una enfermedad que se creía olvidada? La explicación viene por el lado del fanatismo y las actitudes irraciona­les contra la medicina preventiva, responsable del control y extinción de enfermedades que antaño mataban por millones. En 1905, un pastor evangélico vacu­nado contra la viruela en Suecia sostuvo que eso le había causado su­frimiento permanente y acudió a los tribunales para que se prohibiera la vacunación. En un fallo histórico, la Suprema Corte estable­ció que cuando existe peligro para la salud pública, “la libertad del individuo puede estar subordinada al bien común”. Ciento catorce años después, el dilema reaparece de manos de los fundamentalistas, casi siempre religiosos, que ponen la supersti­ción y las creencias mís­ticas por encima de la racionalidad científica.

Increíble pero rigu­rosamente cierto.

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