Aquellos antiguos eclipses

Daban miedo y los pillos sabían cómo aprovecharse de ellos

Sin ir más lejos
Por CRISTIAN NIELSEN

Hubo un tiempo en el que los eclipses servían para algo. No fueron pocos los pillos y aventureros que se sirvieron de sus conocimientos astronómicos para sacar alguna ventajilla. Mien­tras unos pocos cerebros reflexivos intentaban explicar las causas del fenómeno, otros –de mentalidad prác­tica- se aprovechaban de su influjo.

Los habitantes de Ellás lo creían producto del amor imposible entre dos jóvenes di­oses que no podían verse al mismo tiempo.

Mientras uno reinaba durante el día, la otra vivía de noche. Su encuentro casual fue un conjuro de Afrodita que todo lo que pudo conseguirles fue un par de minutos de éxtasis cósmico, el ékleipsis o abandono.

La Biblia le reserva un significado más siniestro. El Apocalipsis de San Juan dice: “Ví como abrió el sexto sello y al punto se sintió un gran terremoto, y el sol se puso negro como un saco de cilicio y la luna se volvió toda bermeja, como sangre… Y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los tribunos, y los ricos, y los poderosos, y todos los hombres, así esclavos como libres, se escondieron en las grutas…”.

Mientras los griegos preferían la versión erótica del fenómeno y los islámicos aprovechaban su costado místico (Ibrahim, el hijo de Mahoma, murió el 22 de enero de 632, durante un eclipse de Sol) los cris­tianos se quedaron en “modo catástrofe”.

Se dice que Colón, abandonado en Jamaica por su tripulación, amenazó a los indígenas con hacer desaparecer la luna si no lo ayudaban. Corría 1.504 y el astuto almirante sabía que el 29 de febrero habría un eclipse total de luna. Mark Twain fabula un episodio parecido en “Un yanqui en la corte del rey Arturo”.

Hoy, todas esas fantasías quedaron atrás, reemplazadas por aquelarres mediáticos como los del martes pasado.

A veces, la realidad da pena.

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