Rostros que dicen mucho

Liderazgo sin estrés Tendremos que lidiar, una vez más como en el pasado reciente, con una personalidad siniestra y voluble:

El jueves pasado, el presidente argentino Mauricio Macri se pasó de modesto. Con rostro sereno, controlado en sesión grabada, hizo un largo y soporífero discurso de 39 minutos en cadena oficial de televisión para enumerar, casi sin autocrítica las realizaciones de su gobierno que acaba mañana. Puertos, complejos sanitarios, campos de energía no convencional, etc. Nada de eso alcanzó. Los argentinos prefirieron votar un retorno al kirchnerismo explícito que lo sucederá en la Casa Rosada. La conclusión está cantada: las rutas no votan, tampoco los puentes o los aeropuertos recién estrenados. Más de 40% de pobres lo dejaron de a pie, en la creencia de que con el cambio de guardia les irá mejor.

¿Será? El lunes 2, la inminente vicepresidenta Cristina Fernández viuda de Kirchner profirió un violento discurso frente los miembros del tribunal que la juzga en una de las 13 causas judiciales por corrupción. Con rostro desencajado y voz recargada de ira, Cristina insultó a los jueces y al fiscal, los amenazó de todas las formas posibles (algo grave para quien está a punto de acceder al segundo cargo más alto de una República) y con soberbia desafiante se puso por encima de la ley repudiando a los tribunales porque, dijo, “he sido absuelta por el juicio de la historia”. El filósofo Ortega y Gasset ya definió esta faceta del “ser argentino” cuando dijo: “En vez de estar viviendo lo que pretende ser, en vez de estar sumido en su oficio o destino, se coloca fuera de él y, cicerone de sí mismo, nos muestra su posición como se muestra un monumento…”.  Más certero no podría haber sido. 

Esa personalidad problemática es la que va a gobernar Argentina los próximos cuatro años. Con ella,  y su corte de los milagros, tendremos que lidiar desde aquí.

Una vez más.

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