El berrinche de Donald Trump

“Si no me venden Groenlandia no voy”, dijo tras ser invitado por la Reina de Dinamarca
Por Cristian Nielsen

Trump no inventó nada al querer com­prar Groenlandia. Solamente siguió los luminosos pasos de sus predecesores que tuvieron éxito en operaciones sim­ilares, incluso con Dinamarca a la que pertenece el inmenso territorio helado.

En 1917, el supremacista y cultor del “big stick” (el gran garrote) Woodrow Wilson le compró a los daneses las Islas Vírgenes, al este de Puerto Rico, por unos US$ 500 millones de hoy.

En medio de la Gran Guerra, Wilson temía que Dinamarca cayera en manos de Ale­mania y sus submarinos tomaran el atolón como base para hostigar el tráfico marítimo. Pero una cosa es manotear un peñasco de 340 kilómetros cuadrados y muy otra intentar tragarse un bocado de 2.166.000…

Descubierta en 982 por el vikingo Erik Thor­valdsson (apodado “el Rojo” no sólo por ser pelirrojo), las tierras fueron nominadas Grôn­land, que en danés significa “tierras verdes”.

Lo de verde fue una humorada del viejo Erik que esperaba con eso atraer colonos a aquel monstruoso pedazo de hielo. Once siglos después, a Trump no le fascina el nombre ni lo que significa, pero segura­mente sí lo que hay debajo del hielo que, dicho sea de paso, se derrite a paso de carga por eso del “global warming”.

Allí hay, se sabe, hierro, uranio, aluminio, níquel, platino, tungsteno, titanio, cobre y reservas petroleras comparables a la mitad de las del Mar del Norte. ¿Qué tal? De distraído, Donny no tiene nada.

Mette Frederiksen, la primera ministra, ya le dijo a Trump que no, que ni lo piense. La isla es y seguirá siendo danesa. Entonces Margarita II, la reina, no tuvo mejor idea que invitarlo a Donny a darse una vuelta por Copenhague, como para romper el hielo. La respuesta del díscolo de la Casa Blanca fue: “Si no me venden Groenlandia, no voy nada”.

Y así fue. Es decir, no se fue, hasta ahora.

Flor de berrinche.