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Editorial

Hay capacidad para fabricar vacunas

Entramos a una nueva era en salud pública. Los científicos comienzan a hablar del COVID19 como “la pandemia de las variantes”.

 
 
 

El año pasado, un laboratorio paraguayo de especialidades farmacéuticas ganó una licitación para proveer a Uruguay tres millones de dosis de vacuna anti aftosa. Los uruguayos son gente seria. Su hato ganadero de 12 millones de cabezas está 100% trazado, es decir, cada animal está on line en los monitores del Instituto Nacional de la Carne desde el nacimiento hasta la faena, condición que le franquea el acceso a los mercados más exigentes, incluida la Unión Europea, segundo destino de la carne uruguaya después de China. A esa cadena de valor de primera línea, la industria farmacéutica paraguaya le está vendiendo desde hace años suero anti aftosa en cantidades masivas.

La pregunta puede sonar extrema, pero es de pura lógica: ¿Podría la industria nacional producir la vacuna contra el COVID19? Sus representantes más destacados afirman que sí. Sólo faltaría que el Estado paraguayo autorizara un acuerdo entre alguno de los centros de investigación que desarrollan vacunas -y que cuenten con certificación de la OMS- y las plantas farmacéuticas nacionales habilitadas para ello. Capacidad procesadora parece haber. El año pasado se abasteció el 70% del suero inmunizante necesario para los dos periodos de vacunación antiaftosa que comprendieron unos 28 millones de aplicaciones. Si se pudo vacunar 14 millones de animales dos veces, ¿no sería factible aplicar esa capacidad industrial para alcanzar 7 millones de seres humanos?